Ataque a Osvaldo Bayer, el verdadero libertario
Un día después del 24 de marzo, aniversario número 49 del golpe genocida, y Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, en un nuevo acto de provocación del Gobierno nacional, en el puesto Güer Aike de Río Gallegos (Santa Cruz) un tractor de Vialidad Nacional destruyó un monumento a Osvaldo Bayer.
En las imágenes que se viralizaron en las redes sociales, una excavadora y hombres con martillos neumáticos tiraron abajo la obra que representaba un homenaje al autor que registró en su saga “La Patagonia rebelde” los fusilamientos, más de 1.550, las torturas y persecuciones en la segunda década del siglo XX sufridas por obreros que realizaban una huelga pidiendo mejoras en sus paupérrimas condiciones laborales.
Su revisionismo, centrado en las luchas obreras y la represión de los trabajadores organizados, marcó un antes y un después en la interpretación de la historia argentina. Por esa y las demás investigaciones que dieron cuenta de la opresión encabezada por los sectores dominantes, fue censurado, perseguido, amenazado y enjuiciado por la familia del ministro de Economía de la dictadura, José Martínez de Hoz.
Descendiente de inmigrantes alemanes instalados en la Pampa gringa del oeste santafesino, Osvaldo Bayer nació en Humboldt en 1927. Sus pasiones fueron la historia -que estudió en la Universidad de Hamburgo- y el periodismo -que desempeñó en múltiples medios argentinos y latinoamericanos, algunos de ellos pequeños diarios de pueblo-. Bayer fue un anarquista libertario, un dedicado investigador que empleó su pluma en denunciar ocultas historias de injusticia. Su obra más difundida, “Los vengadores de la Patagonia trágica” (en cuatro volúmenes, 1972-1975), alcanzó una enorme difusión y múltiples ediciones, y fue llevada al cine por Héctor Olivera.
En su obra inicial, “Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia” (1970), ya Bayer marcó su postura crítica: la revisión de las crónicas oficiales, proponiendo una nueva y diversa lectura de la historia. Por todo esto, y por adherir con fervor a las causas de derechos humanos, se tuvo que exiliar en 1975 a Alemania, amenazado por la Triple A, al igual que tantos otros intelectuales comprometidos, durante el Gobierno de María Estela Martínez de Perón.
Fue ejemplo de lucha en el exilio durante la última dictadura cívico-militar, denunciando las atrocidades que se cometían en nuestro país. En aquellos oscuros años, y junto con su amigo, el poeta Juan Gelman, escribió “Exilio, alegato contra la guerra, la muerte y la destrucción de la condición humana”.
Recuperada la democracia en 1983, regresó y estuvo, desde entonces hasta su fallecimiento, en diciembre del 2018, presente en cada reclamo obrero y campesino, y en las últimas décadas de su vida defendió consecuentemente a los pueblos originarios, combatiendo todos los intentos de justificar el genocidio que tuvo su máxima expresión en la Campaña del Desierto.
En sus propias palabras, “me he propuesto no tener piedad con los despiadados. Mi falta de piedad con los asesinos, con los verdugos que actúan desde el poder, se reduce a descubrirlos, dejarlos desnudos ante la historia y la sociedad, y reivindicar de alguna manera a los de abajo, a los que en todas las épocas salieron a la calle a dar sus gritos de protesta y fueron masacrados, tratados como delincuentes, torturados, robados, tirados en alguna fosa común. La verdadera y única división entre los argentinos está entre los que aceptan y los que no aceptan negociar los crímenes de la represión y la corrupción”.
Seguramente el querido Osvaldo estaría en total desacuerdo con la apropiación de palabras tan preciadas para la lucha obrera como libertad y libertario.
¿Hace falta explicar por qué el Estado derrumbó el monumento de Osvaldo Bayer?
Por “Linqueños por los Derechos Humanos”.