Yoko Ono: 93 años de una artista que nunca pidió permiso
El 18 de febrero pasado cumplió 93 años Yoko Ono. Y, si algo define su trayectoria, es la persistencia. Persistencia estética, política y personal.
Durante décadas fue simplificada, caricaturizada y hasta responsabilizada por relatos que poco tenían que ver con su obra. Sin embargo, el tiempo —ese crítico implacable— terminó colocándola en el lugar que le corresponde: el de pionera.
Nacida en Tokio en 1933, en el seno de una familia acomodada, vivió en carne propia la experiencia del Japón devastado por la guerra. El contraste entre privilegio y ruina marcó su sensibilidad. Esa conciencia del absurdo humano y la fragilidad de la vida atraviesa toda su producción artística. No es casual que su obra dialogue constantemente con la paz, el deseo y la reconstrucción.
En Nueva York, a finales de los años ‘50 y a comienzos de los ‘60, se convirtió en una figura central del circuito experimental. Antes de que el arte conceptual fuera canon, ella ya proponía “instrucciones” como piezas artísticas: textos mínimos que invitaban al espectador a completar la obra con su imaginación.
Integró el movimiento Fluxus y rompió barreras entre música, poesía y performance.
Su vida personal, sin embargo, fue tan intensa como su carrera. En 1956 contrajo matrimonio con el compositor japonés Toshi Ichiyanagi. Aquella unión fue, en muchos sentidos, un puente cultural entre Oriente y Occidente, y también un espacio de exploración artística compartida. Pero el matrimonio no sobrevivió a los cambios vertiginosos de la escena neoyorquina ni a las tensiones creativas.
Más tarde se casó con el cineasta y productor estadounidense Anthony Cox, con quien tuvo a su hija Kyoko Chan Cox. La historia con Kyoko fue uno de los capítulos más dolorosos de su vida. Tras la separación, se desató una batalla legal por la custodia que derivó en años de distanciamiento forzado.
Ono pasó largos períodos sin saber del paradero de su hija, una herida que marcó profundamente su obra
de los años ‘70. Muchas de sus canciones y sus performances de esa época están atravesadas por la
ausencia, la maternidad interrumpida y el desgarro emocional.
Su nombre quedó inevitablemente ligado al de John Lennon y al fenómeno cultural de The Beatles. Pero, si bien esa relación la proyectó a una exposición global inédita, también la colocó en el centro de una narrativa injusta. Durante años, fue señalada como una intrusa en un mundo que no estaba preparado para una mujer asiática, experimental y políticamente frontal en el corazón del rock occidental.
En 1975 nació su hijo Sean Lennon. La maternidad volvió a ocupar un lugar central en su vida, esta vez
en un entorno más estable.
Tras el asesinato de Lennon en 1980, Ono asumió el rol de madre y administradora de un legado cultural gigantesco, pero también continuó desarrollando su propia obra. Sean creció en un ambiente artístico intenso y con el tiempo construiría su propio camino musical, heredando tanto la experimentación sonora como la sensibilidad conceptual.
A lo largo de las décadas siguientes, Yoko Ono expuso en museos de todo el mundo, relanzó grabaciones, colaboró con artistas contemporáneos y mantuvo una coherencia ideológica inquebrantable. Sus “WishTrees”, en los que el público cuelga deseos escritos, se convirtieron en una de sus intervenciones más reconocidas: simples, participativas y profundamente humanas.
Hoy, a los 93 años, la revisión histórica es evidente. Músicos del punk, del noise y del arte sonoro la citan como influencia decisiva. Críticos que antes la descartaban ahora analizan su obra como precursora del feminismo artístico y la performance moderna.
Celebrar sus 93 años no es solo rendir homenaje a una figura icónica; es reconocer a alguien que entendió,
antes que muchos, que el arte no está para complacer, sino para despertar. Y que, incluso en el ruido más ensordecedor, sostener la propia voz ya es un acto revolucionario.
Por Germán Gastón Álvarez.
