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Raúl Petroni: “Lamentablemente, hay una casta que ha obstruido a los talentos del interior”

ENTREVISTA. El pianista y profesor linqueño hizo un repaso de su trayectoria, tanto musical como de educador, desde haber tenido como alumna a Lucía Galán hasta haber tocado en el teatro Colón. No obstante, dijo: “El piano, en mi vida personal, fue una cruz muy grande que me costó mucho psicológicamente. Yo no estaba preparado para hacer este tipo de carreras”.

Es uno de esos músicos que, a lo largo de los años y a su manera, han logrado abrirse camino y conseguir su merecido reconocimiento. El pianista linqueño Raúl Petroni realizó un repaso de su carrera, resaltó a su maestro Aldo Quadraccia y a su colega Mariano Guezamburo, y habló de sus luchas internas con el piano. Hoy, en las entrevistas de La Posa (“pase, maestro”): Raúl Petroni.

¿Cómo empieza tu historia?

Nací en Lincoln, en la calle Almirante Brown, un barrio de calles de tierra. Estaban la familia Videla, que eran como 16 hijos; enfrente, el heladero Romano; “Lito” Burrial en la esquina… El 7 de agosto de 1948 nací ahí, en esa casa. Éramos cinco hermanos, de los que queda mi hermana, a quien estoy cuidando de lunes a viernes. Ella tiene 90 años y fue la que me crió. La que me malcrió, digo yo… Una santa, ella. Sacrificó su matrimonio por quedarse acá con los padres. Ella fue la que me llevó a lo de Quadraccia, porque había un piano en la casa y alguien tenía que estudiar… Y me dijeron a mí. Ese fue el comienzo de mi carrera. Y mi hermana se quedó conmigo. Tengo tres hermanos fallecidos. Harold, el mayor, era camionero; el “Gordo”, el papá del ingeniero agrónomo Martín, que falleció a los 55 años laburando en Roberts. Fue el primer latigazo de la familia. Y después el otro hermano con el que me crié, que ha sido una pérdida también muy grande, era profesor de Educación Física y falleció en el 2015, a los 65 años.

¿Qué recordás de aquellos inicios antes de conocer a Quadraccia?

Acá hubo un negocio que papá compró y edificaron, e hicieron una modificación a esa casa de al lado. Ahí se compró un piano, en ese negocio, a la familia Ceballos, que se iba a Buenos Aires, y ese piano quedó en la casa. Y pensaron que yo tenía que ir a un maestro; entonces me llevaron a Quadraccia. Esa fue la decisión familiar. Yo era el que jugaba al fútbol; me enloquecía la pelota, todo lo que fuera de educación física. Y estaba “Chicha” González, que me enseñó los primeros pasos, así, muy por arriba. Entonces me llevó mi hermana, me hizo pasar el maestro y me hizo tocar algo. Cuando vio que me ponían los dedos duros como palos, me dijo: “No, el piano no se toca”. Así que se sentó y empezó a tocar unos pasajes, y me puse a llorar. Ese fue el comienzo. Tenía 7 u 8 años.

¿Cómo era Quadraccia?

Para mí, el “Maestro” fue un santo y es el absurdo en mi vida. Porque yo no entiendo que Maradona y Messi puedan venir a jugar al fútbol a Lincoln. Él era como Maradona y Messi juntos. Y se equivocó, pienso yo. Él había tocado a los 17 años en Buenos Aires con la Sinfónica Nacional una pieza muy jodida, muy difícil, el “Concierto en Mi Bemol”, de Franz Liszt. Lo tocó a los 17 años con la crítica del diario La Nación, la prensa de aquella época. Y, en lugar de ir a Europa, se enamoró de la chica del barrio, de Haideé. Salieron unas horas en Lincoln y se vino a trabajar. El maestro Fanelli le dijo a la señora de Quadraccia: “Usted está por matar a un artista”. Entonces ella se defendió y le dijo: “Yo no mato a nadie; él se enamoró de mí”. Y se vinieron a Lincoln. A esto se los planteé a los hijos. Él fue un nostálgico de la carrera que pudo haber tenido como tienen Yuja Wan, Trifonov… Hay miles de pianistas que están dando vueltas al planeta y él pudo haber proyectado eso en su vida. Y vino Lincoln. La hija, “Petty”, me contestó: “No, no. Papá amaba a la familia. Entonces, él prefirió seguir el destino de su familia, en lugar de irse a probar suerte a Europa”.

¿Cómo eran esas clases? ¿Quiénes eran tus compañeros?

Ahí nos recibía el maestro los sábados. Era la ruina mía, porque yo los sábados amaba ir a jugar al fútbol acá, en la esquina, en Posadas y Vélez Sarsfield, donde había un baldío y jugábamos con Jorge Gauna, que falleció, “Maceto” Solana… Jugábamos todos ahí. El fútbol siempre fue mi pasión. Pero los sábados íbamos a la casa de Quadraccia y ahí me encontraba con “Tolito” (Mariano) Guezamburo, un grande. Fue un genio, también, para mí. Hizo mucho por Lincoln. Si bien se lo ha negado mucho, el “Tolo” es un eje y una bisagra en el desarrollo cultural de Lincoln. Así que me encontraba con él o con la señora de Aníbal Fernández (Gougy creo que era el apellido). Me encontraba con Alicia Puente, que luego fue directora del conservatorio de Junín. Íbamos al domicilio de él, en la calle Avellaneda. Después se trasladó al barrio de la Escuela Normal. Yo creo que Quadraccia fue un santo, un genio, de esas personas honestas que sacrificaron todo por la familia. Cuando yo digo que es como si hubieran venido Messi y Maradona a jugar a Lincoln, él tenía en ese momento 20 años y le salieron las horas en la Escuela Normal. Y ya sabía entre 200 y 300 obras de memoria. No era un chiste. Después recibió medalla de oro en el Nacional. Tenía todos los laureles como para tener otro tipo de destino.

Pero su elección significó que un montón de gente pudiera recibir su formación…

Sí. Nos complicó la vida a todos. Si bien lo amamos, porque siempre todos lo hemos amado, digamos, “Dorita” Giraudo, Alicia Puente, Mariano Guezamburo y algunas otras personas… Después, bueno, hay una camada que habla, escucha de oído un poco lo que fue Quadraccia. Pero, en realidad, fue un gran maestro. La vida es un destino. Uno quiere ir para un lado, pero el destino se encapricha y te lleva hacia otro.

¿Recordás las primeras canciones que aprendiste?

Empecé a tocar el vals “La loca de amor”, la ranchera “Las margaritas”, “Pequeño vals”, todas esas piecitas que todos tocamos al principio.

¿Qué es el piano para vos?

El piano se me cruzó. El piano fue, en mi vida personal, una cruz muy grande que me costó mucho. Mucho, psicológicamente. Yo no estaba preparado para hacer este tipo de carreras. Pero el destino se encapricha con cosas que a veces uno no quiere. Yo, en realidad, te puedo decir que, estudiar, he estudiado mucho.

Suena un poco raro eso…

Como habitantes de la comunidad, fuimos testigos de “Cinco del Oeste”, con “Cacho” Picado Fernández. Fui un poco testigo de toda esa camada de gente. Nos criamos acá, en este pueblo, y yo he dado tantas vueltas, he estado a 3.000 kilómetros de acá, en Río Gallegos, en Gobernador Gregores. Y las vueltas de la vida hicieron que esté en la casa donde yo me he criado. La vida es una conjunción de cosas raras; no sabes qué pasa. Después soy convencido de que las condiciones que Quadraccia tanto me defendió están. Hoy estoy convencido. Pero son ambientes. Por ejemplo, hoy hay una proyección, gracias a Dios; hay miles de pianistas muy buenos, muy buenos, que están a años luz de nosotros. Están en los circuitos internacionales Yuja Wan, Lang Lang, Trifonov, Sokolov. Gracias a Dios, porque uno a veces cree que dependía todo de uno. Hay pianistas que son monstruos, aparte de los nuestros, que han triunfado en el planeta, de 80 y pico de años. Marta Argerich, Bruno Gelber, Daniel Baremboim, Fausto Zadra… Pero hay unos circuitos internacionales, que están en Cleveland, en Estados Unidos, que disfrutan, porque tienen circuitos de empresarios que los mueven por todo el mundo.

¿Cómo fue tu entrada a la educación?

Me recibí de perito mercantil. Soy de la promoción ’66 y, en lugar de seguir las carreras clásicas de abogacía, contador o ciencias económicas, entré al Banco Nación en Buenos Aires, agencia Montserrat. Estuve trabajando cinco años allí, a diez cuadras de Congreso, e hice el profesorado de música gracias a las monjas de acá, de “Nuestra Señora”, Siervas de María, por una recomendación de Quadraccia y de la madre Imelda, en aquel entonces, en el colegio “Nuestra Señora”. Me recomendaron que me prestaran un piano en el colegio Euskal Echea para que pudiera terminar el profesorado. O sea que a las monjas les debo ese profesorado, que desembocó en un trabajo un poquito más liviano. Te volvés loco, igual, porque los trabajos son todos trabajos. Para poder sobrevivir, en lugar de trabajar 25 horas, que es la sanidad mental, teníamos que trabajar 60 horas por semana. Empecé a trabajar en colegios en La Boca, en Buenos Aires, en Santa Rosa… En Santa Rosa tuve de alumna a Lucía Galán, de Pimpinela, que se ponía al lado del piano en las clases; Ginette Reynal, la modelo; Marisa Carreras, hija de Enrique Carreras; la sobrina de Martínez de Hoz. Ahí había un núcleo muy fuerte. Mi señora fue alumna de ese colegio y lamentablemente falleció acá, en Lincoln, en el 2018. Después trabajé en muchos colegios, en el “Benito Nazar”, el colegio de Almagro que es muy importante también. Tuve unas horas en el Consejo Superior de Profesorados de Educación Católica (Consudec) y después se me ocurrió ir a Río Gallegos. Y ahí toqué en el Salón de los Obispados. Tuve mucha actividad. De ahí me trasladaron a Gregores, que era un pueblo de 2.000 habitantes por entonces, ya mucho más grande, en el centro de Santa Cruz. Renuncié al banco: entré en el ’69  y renuncié en enero del ’74. Ahí empecé a trabajar en colegios en Buenos Aires y, una vez instalado ahí, me casé en el ’82 con Ofelia. Empecé a cartear a las provincias y se me abrió una puerta en Santa Cruz, donde fui a Río Gallegos. Toqué y di clases allá, en un colegio, y me trasladaron a colegios en Gregores, el pueblo que está en el centro de Santa Cruz. En el ’88 falleció mi papá en Lincoln; en el ’89, el primer hermano, lo que fue el primer latigazo de la familia; y ya me vine para acá. Acá, después, empecé a trabajar en los colegios.

¿Cómo fue la experiencia de tocar en el teatro Colón?

No estuve en la sala central. Fue en el Salón Dorado, que está en el lateral. Fue una oportunidad y la aproveché. A pesar de que eso me trajo algunos dolores de cabeza con mi profesora, Galperín de apellido, que no quería que tocara. Son cosas que ocurren. Es un ambiente muy bravo; hay mucha celosía profesional. Es como que hay muchos palos a la gente del interior. Por eso, cuando acá estrenaron el piano Kawai y me dieron una oportunidad de tocar 20 minutos, yo les dije que abrieran la cultura, que toquen los chicos, que no seamos mezquinos. Porque hay una casta, ya que Milei habla tanto la casta… Hay una casta que lamentablemente ha obstruido a los talentos del interior. Entonces, en lugar de dar la oportunidad al talento del interior, no. ¿Qué va a tocar esta allá, en Buenos Aires? Ni hablemos de becas en Europa. Eso es ya toda una cofradía.

¿Cómo se abrió esa posibilidad de tocar en el Colón?

Aparece porque fui a comprar un libro en la editorial que hoy se llama Melos. Me presenté y me hice amigo de un señor que estaba ahí, que me dijo: “Yo estoy en el teatro Colón”. Y ahí se inició una gestión de dos años. Peritaron los antecedentes, escucharon audios y videos, y, dos años después, me mandó este señor, Carlos Padrón, y me dijo: “Alégrese. Ha sido agendado para el concierto que usted va a dar en marzo”. Estamos hablando de 1995. Y le llenamos el Salón Dorado. Fue una patriada. Había mucho público y había un grupo de suizos que estaban en ese momento en la guía de visitas del teatro Colón. Nosotros, los del interior, tenemos la oportunidad de hacerla en ciertos ámbitos. Este es uno de esos. No existimos…

¿Cómo resultó para vos esa experiencia?

Espectacular, superadora… Yo no tengo complejos. Hoy he abierto mucho el abanico porque yo soy una persona que he tenido mis luchas acá, en la localidad. Siempre quise un conservatorio abierto a la comunidad, no caer en el verso de que “es abierto a la comunidad”, pero en realidad es cerrado. Siempre luché para que el conservatorio fuera abierto a la comunidad. Se luchó y algo se logró. Estuve cuatro años y medio como director del conservatorio, y fue un tiempo de muchas luchas, porque siempre es un ambiente donde hay muchas cuestiones. Hoy me he empeñado en agotar en las redes mi presencia, porque en ese momento había gente que no estaba convencida de mis condiciones.

¿Qué te queda del conservatorio, tanto como director como en tu calidad de docente?

Mariano Guezamburo fue el que me abrió las puertas del conservatorio. Hay que reconocer a Mariano por la fundación del conservatorio. Él fue el alma mater del conservatorio, a pesar de que a veces hay alguna polémica en ese sentido. Y, de toda la gente que conocí entonces, ha habido muchos profesores. Daniel Ferrúa, de Junín; el profesor Cuella, de Junín; Salem, de Junín; el “Negro” Falcón, de guitarra, de Junín; Suárez, en percusión; Alberto Agüero, que fue el clarinetista, un maestrazo que le dio una mano muy importante también a la banda municipal de Lincoln. Me abrieron las puertas acá, en el conservatorio, que ya estaba en pleno funcionamiento. Después, los años que siguieron fueron años de lucha. De los compañeros que tuve, bueno, “Dorita” Giraudo; “Monona” Smith; Marta Taulamet, una gran directora; por supuesto, Vivian Castronuovo… Hay toda una serie de apellidos que enaltecen la institución. Es un bastión dentro del desarrollo cultural y creo que abre muchos enlaces desde el punto que plantea la Dirección Artística de La Plata, donde se inicia con la Orquesta Escuela y se hace el enlace para que todo tenga un sostenimiento. Ha habido momentos difíciles, como habrá ahora, pero por ahí no se dimensiona la importancia cultural que tiene el conservatorio en Lincoln. Es un bastión, un faro de luz.

¿Cómo fue tocar improvisando mirando una película de cine mudo, como has hecho en el festival de cortometrajes?

Es lo más lindo inventar, improvisar. Es la lección que nos han dado los grandes músicos de jazz Art Tatum, Fats Waller, Elton, Larumbe, al que trajimos en el ’91. El jazz es libertad pura y eso, los que se atreven… Yo siempre estaba un poco escondido detrás de los libros. Pero, cuando improvisás, hacés lo que querés y sos feliz. No tenés el martirio de estudiar una sonata de Brahms de 31 páginas, o estudiar una sonata de Listz de 40 páginas, o un concierto que tiene 100, 104 páginas. La “Rapsodia en Blue”, que tocó Quadraccia en la Municipalidad con la banda de Regimiento de Junín, dirigido por Romano. El jazz o la improvisación es lo más lindo. Ojalá todos tuviéramos esa salida de la libertad y de la vida como es. Porque a veces el academicismo, a lo que te da, te castra, te encierra. Hay una realidad, una dimensión hermosa que no sé si no nos hemos animado, si es porque los padres nos han castigado y nos han obligado. Pero lo más lindo es improvisar. Acá vino Larumbe y decía que en el jazz está la libertad. O sea, lo que pasa es que hay que tenerlas bien puestas para poder plantarse y decir: “Yo hago esto”. Larumbe, por ejemplo, a veces hablaba medio callejeramente. En Oliverio, donde él tocaba, estábamos diez personas rodeándolo y uno de ellos era (y por entonces todavía no era conocido) Alejandro Lerner, que es un genio. Todos hemos ido por curiosidad a ver a toda esta gente.

¿Cómo te definís como pianista?

Y… yo he sido muy resistido porque empecé a estudiar, no siempre me rebelé, me lo quise sacar de encima al piano… Pero bueno, por H o por B, estoy en el piano. Disfruto mucho del anonimato, porque no existo. Pero en ese no existir vos estudiás tranquilo, no tenés ni los nervios de encarar un concierto (que hay que pasarlos)… Hay que enfrentar al público; hay mucha gente que va a ver si te equivocás o no te equivocás. Entonces la carrera de pianista, como nos quisieron perfilar a nosotros, no existe. A eso lo decía Quadraccia. La carrera de pianista, a nivel concertista, existe en los grandes centros del mundo: París, Roma, Madrid, Cleveland (Estados Unidos), Hamburgo (Alemania), Berlín… Nosotros somos pueblo. Y, en realidad, hay que aplicar un poco lo que decía el “Mono” Villegas, otro gran pianista, que decía: “Al gran pueblo argentino, pianos”. Pero primero, que no tenés pianos… Vamos a querer dar un concierto y no tenés piano…