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La música a partir de 2026: entre la tecnología, la verdad y la honestidad artística

La música popular siempre fue un reflejo de su tiempo. Cambian los formatos, cambian las herramientas y cambian las formas de llegar al público. De cara a 2026, el escenario musical no es la excepción: conviven distintas maneras de presentarse en vivo, todas visibles, todas aceptadas, aunque no todas igual de honestas.

Por un lado, están los solistas que cantan con pistas. Una modalidad que ya dejó de ser cuestionada y hoy forma parte natural del circuito musical. Cantantes que, por una cuestión de costos, logística o estilo, eligen presentarse acompañados por bases grabadas. En muchos casos, hay trabajo previo, producción, ensayos y una propuesta clara. El público sabe lo que va a ver y escucha una voz real frente al micrófono. No hay engaño: hay una adaptación lógica a los tiempos que corren.

En el otro extremo —y en lo más alto de la pirámide artística— siguen firmes los grupos y las bandas que tocan en vivo. Músicos que cargan instrumentos, prueban sonido, ensayan horas interminables y sostienen una identidad colectiva arriba del escenario. Allí no hay red de contención: lo que suena es lo que se ejecuta. La energía, los errores, la química y la emoción son reales. Estas formaciones siguen siendo el corazón de la música en vivo y, pese a los costos y las dificultades, mantienen viva la esencia del oficio. Son, sin discusión, quienes elevan el estándar artístico.

Pero existe una tercera figura que creció en silencio y merece una reflexión profunda: los grupos ficticios. Propuestas que se presentan como bandas, pero que en la práctica esconden una puesta en escena engañosa. Una sola persona canta —muchas veces asistida por tecnología— mientras alrededor de ella hay tres o cuatro “músicos” con instrumentos apagados o directamente desenchufados. No ejecutan, no intervienen y no son parte real del sonido. El show se sostiene en una ilusión cuidadosamente armada.

Lo más preocupante es que, muchas veces, las caras visibles de estos grupos logran avanzar dentro de la industria y pasan a ocupar lugares de poder, siendo mal llamados empresarios. Desde allí, lejos de fortalecer la escena, replican el mismo modelo: se dan trabajo entre ellos, contratan propuestas similares y sostienen una cadena de simulación que deja afuera a los verdaderos artistas. Músicos que ejecutan en serio, que ensayan, que invierten en instrumentos, que estudian, y que entienden la música como un oficio y no como una actuación vacía.

El problema no es solo artístico, sino también laboral y cultural. Estas propuestas suelen manejar precios excesivamente bajos, imposibles de igualar para quienes trabajan con honestidad. De ese modo se distorsiona el mercado y se les quita la posibilidad de trabajar a quienes realmente hacen música, debilitando toda la escena.

La música que se viene no necesita volver atrás ni renegar de la tecnología. Pero sí necesita honestidad. Decir qué se ofrece, cómo se hace y desde dónde se para cada artista. El público no es ingenuo: puede aceptar una pista, una base o un formato reducido, pero merece verdad.

De cara a 2026, el desafío no será solo sonar bien, sino ser coherente. Porque la música puede adaptarse a todo… menos a la mentira.

Por Germán Gastón Álvarez.