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Juan Carlos “Barba” Sánchez: “Gracias a Dios, mucha gente me ayudó”

ENTREVISTA. Nació en el campo, pero vino a la ciudad y ha hecho cosas que a muchos les llevarían varias vidas poder llevar a cabo. Fue mecánico; tuvo un bar, una comparsa y una banda tropical; hizo bailes; y llegó a tener dos boliches al mismo tiempo. Trabajó en el hospital, donde hizo de todo. Posee una radio y, además, sigue la campaña de El Linqueño desde hace 25 años. Conoció a Fangio y a los exponentes más importantes de la movida tropical. Como si fuera poco, debió trasplantarse dos veces de riñón.

Hoy las entrevistas de La Posta proponen conocer a un personaje muy particular. Juan Carlos Sánchez, el “Barba”, ha tenido una vida tan vertiginosa como complicada. Un problema de salud lo marcó a los 35 años y, a pesar de una lucha que lleva más de tres décadas, nunca bajó los brazos ni dejó de hacer cosas.

¿Cómo estaba compuesta tu familia y dónde naciste?

Nací en el campo, en Cuartel V. La familia se formaba por mi papá y mi mamá. Yo soy el mayor. Después vienen mi hermana Zulma, mi hermano Hugo y Vilma. Somos cuatro hermanos. Crecimos en el campo de mi papá. Ahí se hacía el tambo, todo lo que era agrícola, pero no de la manera en que es ahora. El tambo se hacía a mano. Yo, a los 6, 7 años, ya ayudaba a mi papá. Antes había que tener el ternero atado a la mano de la vaca. Y ellos, con un banquito, se sentaban y ordeñaban a mano. Por la noche se cazaban liebres. Salíamos por la ruta 50, que no era asfaltada, con sulkys a caballo. A los vehículos los tenían quienes tenían mucha plata. Entonces volvíamos a las 5:00 o 6:00 de la mañana y a las 7:00 u 8:00 había que estar en el tambo. Después del tambo se comían dos o tres huevos fritos y una taza de café bien grande, con galletas, y así eran todos los días. No había descanso. El lunes se venía a hacer las compras en el sulky con mi mamá. Después, hasta el otro lunes, no se venía. Pasamos inundaciones. Me despertaba por la mañana con el agua hasta la rodilla. Teníamos que sacar las cosas en esos carretones altos y nos íbamos a la ruta, y ahí teníamos unos amigos que nos prestaban unas taperas para poder subsistir. Había que sacar todos los animales, las vacas… Era un infierno. Mis hermanas hacían el mismo trabajo: sacaban las vacas y había que cuidarlas en la ruta, a caballo.

¿Y a la escuela primaria la hiciste ahí?

En la escuela “Villarino” hice hasta sexto grado, que era en esa época. Íbamos a caballo y, si el caballo se había ido al campo, había que ir caminando las cinco chacras. Después me anotaron a la Escuela Técnica de varones y ahí estuve interno. Hice cuatro años y me recibí de técnico mecánico. Estuve dos años interno. Me traían los domingos y me venían a buscar los viernes. Después me alquilaron algo en lo de un amigo, Ramón Basconcellos, y ahí estuve como de pensión.

¿Cuál fue tu primer trabajo?

Cuando me recibí de mecánico, la misma escuela te buscaba un lugar para que vos fueras a trabajar, y entré en Amenábar y Moretti, en la rectificadora. Estuve unos cuantos años. Después busqué otro horizonte y me fui de mecánico a la Mercedes-Benz, a Quehú. Ahí estuve también unos cuantos años. Pasé por allá, en González Catán, donde estaba la Mercedes, de la que en esa época Fangio era el presidente, y lo conocí. Allá aprendí cómo se armaban los camiones, hasta que salían terminados. Después me fui a Agustinelli y Moriones, una cerealera. Ahí entré primero a limpiar y después ya me dieron para atender una secadora. También estuve unos cuantos años. Después pasé a Margaría, donde hacían las secadoras, pero cerraron y se fueron a Monte Maíz. Ahí me fui de mecánico a una empresa de la ruta, a GOP. Hicieron el asfalto desde acá, de la rotonda, hasta Granada, la ruta 188. Ahí estuve unos cuantos años, también, hasta que se terminó y la empresa se fue. Ahí empecé manejando un camión. Después se fue el encargado del taller y quedé de mecánico de maquinaria pesada. Cuando se fueron, el mismo GOP me consiguió, y entré a la Municipalidad de Lincoln. Empecé como ayudante, en el taller de la mecánica pesada. Y el día en el que entré, yo estaba preparado para trabajar, no sabía lo que era la Municipalidad. Se trabajaba medio día. Yo abrí una motoniveladora y le saqué el motor en medio día, cuando ellos estaban una semana para sacar el motor. Al otro día, cuando fui, el encargado me explicó cómo era la cosa. “Acá se viene a trabajar tranquilo, sin ningún apuro. Acá no se trabaja apurado, acá no está en la empresa”, me dijo. Eso era en esa época; no sé cómo es ahora. En un trabajo de esos, grandes, estaba más o menos una semana para desarmarla. Después me pasaron al hospital porque veían que era muy activo. En esa época no había ambulancieros ni gente que cortara el pasto o camilleros. Era multiuso. Yo estaba cortando el pasto con las botas y me decían: “Sánchez, hay que hacer una urgencia en la ambulancia”. Me sacaba las botas, me ponía un delantal, la doctora, la enfermera, y salía. O me decían: “Sánchez, mañana tiene que pintar los pasillos”. Y pintaba. Y por ahí: “Sánchez, hay que ir a la morgue”. Dejaba el pincel y salía de camillero. Así era antiguamente el hospital. Después ya fui haciendo las primeras armas por mi cuenta. Puse un tallercito acá, en mi casa. Lo había hecho todo de chapa, de a poquito, y empecé a trabajar, a hacer clientela. Estuve unos años así hasta que pude hacer el galpón. Ahí empecé a trabajar muy bien, gracias a Dios. Y seguía trabajando en la Municipalidad.

¿Cuándo te sorprendió el problema de riñón?

Lamentablemente, en el ’94 o ’95 me fui del hospital y me enfermé. Se me estropearon los riñones. Tuve que entrar a diálisis a los 35 años. Ahí seguí trabajando un tiempo, pero después ya tuve que cerrar el taller. No pude trabajar más. Me dieron una pequeña pensión que conseguí solo. Fui a La Plata. Golpeamos puertas, subíamos, bajamos ascensores, y me terminó atendiendo “Chiche” Duhalde. Ella me dio una pensión, pero la luché mucho. Desde los 35 años hasta ahora, que tengo 66. Desde los 35 a los 40 años, iba a diálisis a Junín. En el ’99 me trasplanté. Pasó el tiempo y, cuando faltaban tres o cuatro meses para cumplir los 60 años, volví a caer a diálisis, porque el riñón tiene una vida útil, así que lo volví a perder. A los 64 años, gracias a Dios, después de estar en lista de espera, me llamaron. El 4 de octubre del 2024 me trasplanté por segunda vez. Hoy hace un año, cinco meses y 22 días. Y tuve la mala suerte de que en el hospital “San Martín”, al que desde hace más de treinta años voy y tengo mucha confianza, me conocen mucho, y me dicen que había hecho una fuerza y me había provocado una hernia. Así que tuve que ponerme una malla. Así que hoy hace dos meses y diez días que me operaron en “La Pequeña Familia”.

¿Por qué cerraste el taller?

Yo me enfermé y le pedí una mano a la familia Benevent. No podía trabajar más, me lastimaba, me dormía. Porque, cuando te enfermás de los riñones, hay gente que no lo sabe, pero la orina se te va a la sangre, te intoxicás y te dormís. Me lastimaba, me llamaban a almorzar y yo estaba dormido dentro de la fosa. Entonces tuve que cerrar, lamentablemente. Empecé a hacer unos viajes con Osvaldo Cocco, que tenía mueblería, y él me dijo que pusiera algo en el galpón. En esa época se usaba mucho el boliche de copas, así que me compré un pool y un “fulbito”. Habían cerrado la carnicería acá, en la esquina, y me prestaron muebles para atender. Me consiguieron una heladera de cuatro puertas, así que hacía picadas y despacho de bebidas. Lo había equipado más o menos y, gracias a Dios, mucha gente me ayudó. Pero Benevent fue un caso especial, ya que me equipó todo para que pudiera trabajar. Cuando yo trabajaba de mecánico, al teléfono lo tenía gente de plata, nada más, y yo usaba el teléfono de ellos. Tenía el calco y el número de teléfono de Benevent. En esa época también atendía el Rojas, los colectivos. Capurro se enfermó, me recomendó y le hacía todos trabajos rápidos. Cambios de correa; si se pinchaba una manguera de la calefacción, tenía que llevar un montón de bujías para que el colectivo pudiera seguir.

¿Cómo se te dio eso de armar una comparsa?

Fue en el ’95. Armé la comparsa también con la ayuda de los Benevent. Ya habían puesto la juguetería ellos. ¡No teníamos nada! Los tambores eran de plástico. Bidones eran. ¿Redoblantes? No había plata para comprar, así que usamos latas de dulce. Y la armamos. A las cajitas, algunos las tenían, otros no. Me acuerdo de que venían unas latitas de dulce chiquititas; esas eran las cajitas. Y después armamos con todos chicos del barrio, porque Santimaría me dijo: “Hay que sacar a los chicos de la calle y hacelo todo con gente humilde, de tu barrio, del Plaza España”. Así empezamos, pero le pusimos Citroen Loco. “Pirincho” Videla, amigo mío, mecánico, me prestó un Citroen, le sacamos las puertas, se lo desarmamos todo. Él no sabía nada, lo pintamos con cal y le pusimos el cartel. Y ensayábamos. ¡Dios mío! Yo dirigía, estaba re-loco. “Toquen bien”, los retaba. ¿Qué iban a tocar bien? Yo quería tocar lo mismo que los otros. Con los bidones de plástico de los jugos, ¿qué iban a tocar bien? Y así se armó. Al otro año ya salimos un poquito mejor, ganamos plata para dos lechones y se comió un buen asado. Para el año siguiente fui a Santimaría Hermanos y dije que quería hacer una buena comparsa. Y él me dijo que hiciera una rifa. Me dijo que fuera a ver a Carlos Cocco. Y con Osvaldo Cocco me dijeron que había que hacer una buena rifa. Había de premios heladeras, cocina, como diez premios. Con permiso y todo. Y la salimos a vender y la vendimos toda. Entonces fuimos a comprar las cosas a Gualeguaychú. En ese momento también me ayudó Jorge Fernández para poder traer lo que traje. La realidad es que no lo hicimos nosotros. Lo fui a buscar a Gualeguaychú, lo compré a Marí Marí. Con la plata de la rifa, lo de Jorge Fernández y “Coco” Santimaría, que me dio una cantidad muy importante en dólares. El “Chueco” Sosa tenía un camión Scania y nos fuimos a Gualeguaychú. Compramos una comparsa completa para 150 personas. Ahí fue cuando vine con unos loros, que fueron la sensación. Haber traído esos trajes le permitió a un montón de otras comparsas ver cómo se trabajaba. No había ese nivel acá; eso era otra cosa.

Recorrieron muchísimas ciudades con la comparsa…

Sí, recorrimos el país. Fuimos ganadores de la Fiesta del Niño, ganadores de la Fiesta del Tomate allá, en Lamarque (Río Negro), y recorrimos el país. Crecimos mucho, no solamente en la ropa o en la batucada, sino también en la estética. Tenía a la bailarina que era la “Sole” (Soledad Cenzorio). “La Negra”, como la conocen acá, que lamentablemente se nos fue. Desde los 13 años la tuve en la comparsa. Adonde íbamos, donde hacían concursos de baile, en Sierra de la Ventana, por ejemplo, concursó con una brasilera… No le ganó; ¡la robó! Y otra cosa es que lo que se ganaba era para la comparsa. Y siempre, toda la vida, desde que yo estuve en la comparsa, se les pagó a todos los chicos. Recuerdo la Fiesta del Niño: eran 70 cuadras por la costanera. Julio Bernini había llevado tres Autos Locos y había ido Samba Samba. Y fue una sensación. Cuando llegamos nosotros, la gente gritaba. Fue impresionante. Y ganamos. Los Titanes, primer puesto. Estaba la modista Eder Petit, que era muy meticulosa. Nos hizo progresar mucho, y nos enseñó cómo teníamos que trabajar y cómo teníamos que vestir. Estuvimos por todos lados. Marcelo Cuello estaba en esa época. El director era el “Cotón” García, pero Marcelo era el que diseñaba, el que iba sacando cosas. Tenía mucha chispa y le gustaba hacer las cosas muy bien.

¿Cómo surgieron El Mantekazo y, paralelamente, la radio?

Me acuerdo de que empezamos a ir al salón del club Reginaldo Martínez, cuya dueña era Adela Vázquez. Ahí conocí a los hijos de ella, a Jorge y “Carlitos”. Yo iba a mirar bandas como el Grupo Red, Green, y yo hablaba mucho con todos. Me decían por qué no ponía algo, un baile, pero yo era muy joven; no tenía recursos como para abrir un salón y traer grupos. No era fácil. Conocí a Marcelo Dicundo y pusieron la radio 104.7. Y me dijo que hiciera un programa. Empecé hablando yo, pero de dos palabras me equivocaba en cuatro. “Esto no es para mí”, dije. Y lo llevé a mi hijo “Carli”, que tenía 12 o 13 años. Ahí empezó a hablar él. Cuando se equivocaba, yo le daba con en el cuaderno en la cabeza, lo retaba al aire. Y me pedían que me tranquilizara o que no hiciera más radio. Hasta que agarró viaje. Estaban él y Luis Cuello en los programas tropicales más escuchados. Después se vendió la radio, la compró Azcune y fuimos a trabajar ahí un tiempo. Después pasamos a La Torre, de Juan Carlos Cardozo, y ahí me encontré de nuevo con Dicundo y me convenció de poner una radio. Él se venía conmigo y la manejaba. En un mes la armamos. Pusimos una antena bajita en mi casa, armamos el equipo, hicimos el edificio y arrancamos acá. Todavía estaba fresco el revoque. Metimos los equipos, dejamos todo abierto, y largamos con un minidisc y música. Después yo quería que se hablara. Entonces compramos un micrófono, una consola chiquita usada, todo usado, y me dio una mano muy grande Marcos Souza, que era pibito. Armamos todo y, con la técnica de “Lucho” González, empezamos con la Tropilatina. Cuando estaba todo armado, se formó El Mantekazo. Estaba Marcelo, que ya venía de bandas en Junín y era el cantante. Él era muy amigo de “Ruly” Pérez, que estaba en Los Piratas. Se vino con nosotros y armamos. Estaban el abogado Ramos, la señora, Damián “Righi”, Matías Pérez, “Carlitos” Ramos, Alejandro Huarte, el “Carli”… Y tuvimos la desgracia de que, en un accidente a la salida de la bailanta, un auto atropelló a “Carlitos” Ramos y murió. Yo justo me estaba trasplantando y no me dijeron nada. Me enteré cuando volví, a los dos meses. Ya habíamos sacado el primer casete, de los que tengo todavía. Compramos un colectivo, algo que no existía. Incluso actualmente no hay bandas que toquen en vivo. Nosotros tocábamos en vivo. Teníamos saxo, trombón y dos trompetas, además de todo lo otro. Eran once arriba del escenario. Salíamos para el lado de Córdoba. Recorrimos muchas partes para ese lado y por muchos lugares, Buenos Aires, La Pampa y Santa Fe también. Después Marcelo se fue a vivir a Junín, la radio tenía que seguir, y la agarré yo al mando y seguí trabajando. Le pedí muchos consejos a “Yispi” Armani. Martín Zárate me ayudó mucho. No me quiero olvidar porque, cuando a mí se me cayó la antena de la radio por el viento, él había cerrado su radio, pero tenía la antena. Estuvo muchos años trabajando conmigo.

¿Cómo empezaste con los bailes?

Estuve mucho tiempo trabajando en el Club Rivadavia en los bailes. Ellos nos alquilaban a mí y a otro colega, Azcune. Yo alquilaba el sábado y Azcune alquilaba el domingo. Si lo pedía él al sábado, yo iba el domingo. Franco Barbero, en esa época, y por eso tengo tanta amistad con él, tenía una Ford Ranchero y yo tenía el colectivo de El Mantekazo. En las mañanas del invierno, cuando no arrancaba, Franco lo tiraba con la Ranchero para hacerlo arrancar. Cargábamos todo, freezer, todo. El primer número fue Leo Mattioli. A ese mes, yo lo tenía para el 25 de mayo, pero el otro colega lo anunció para el 10 de mayo en el mismo lugar. Entonces me fui en remís a hablar allá, directamente, a la agencia de Leo Mattioli. Entonces me lo ofrecieron para el 3 de mayo y les dije que sí, pero que también me dejaran la fecha del 25. Nunca más me olvidaré de eso, porque creo que nunca estuvo el Rivadavia tan lleno como esa vez. Salía $3 la entrada. Había filas de cinco personas hasta la salida de Rivadavia y seguía media cuadra más. Fue el primer baile grande que hubo en Lincoln. Yo lo quería traer y, con el colega, en ese momento, éramos el agua y el aceite. Se llenó. Hubo unas 2.800 personas. Arriba, todo el gimnasio. No podías cruzar de un lado al otro. Y llevé treinta cajones de cerveza. No había empezado el baile y ya se había terminado. Allá fue Franco Barbero, creo que a Sabor, y le pedimos. Me dio los cajones que podía y no alcancé a llegar a la barra que ya se habían terminado. Ahí subí al caballito y, para el 25 de mayo, que era la fecha original, vendí a Leo Mattioli en Villegas y en Ameghino. Hizo los otros dos lugares y vino como a las 5:00 de la mañana. En Ameghino tenía de cajero al “Lelo” Cuello. Era “el de señor del maletín”. Villegas explotó. No hubo tanta gente en Ameghino, porque ya había venido a Lincoln dos veces. Pero, después de esa noche, me dije: “No, esto no es para mí”. Tenía un Peugeot 504 e iba a todos lados para armar y llevar las entradas. Así que ahí ya me quedé en Rivadavia. Después hubo algunos problemas, empezaron a faltar cosas, se rompían los baños. Yo le cuidaba todo, así que me fui antes de tener problemas. Pero fue una linda época. Traje a Banda XXI, La Nueva Luna, Walter Romero, Sebastián, Damas Gratis, Amar Azul, Karina… También traje otros grupos para gente más grande, como Los Moros y Los Iracundos, porque iba toda clase de gente.

¿Entonces cómo seguiste?

Conseguí que Marín me alquilara el local en el acceso y puse El Acceso Bailable. “Coco” Santimaría me salió de garantía. Cuando entramos al lugar, estaba muy mal. Tuve que hacerlo totalmente nuevo. El “Lelo” Cuello me dio muchas ideas. Pusimos el sonido, que era de El Mantekazo, que era todo mío. Era un patio al aire libre que no había en Lincoln. Y arrancamos para chicos jóvenes. Trajimos a Amar Azul, una banda de Los Toldos y una de Lincoln. No se podía cruzar de un lado al otro. Todo perfecto tres sábados. Abrimos el último sábado, y estábamos los empleados y nosotros. No fue nadie, ¡nadie! De estar lleno total, a nadie. Nunca supimos qué pasó. Yo quería desarmar todo, quería romper todo. Estaba re loco. Entonces Marcelo me dijo: “Vamos a cerrar un mes. Yo tengo otro plan. Vamos a armar para gente grande”. Paramos un mes, reformamos adentro, pusimos unos globos, sacamos un poco de luces y armamos más blanco. Pedro Fleitas me prestaba mesas. Tenía unas de plástico, una de las antiguas de El Linqueño, otras de caño, las sillas… Todo muy precario. A las barras y todo eso me las armó Walter Herrero. Todo el mundo me ayudó. La gente que estaba alrededor de mí, todos, me ayudaron sin ningún interés. Monti me prestó todo lo que eran el frío, freezers y cartelería. A la primera noche vinieron Los Moros y traje como número a Alcides, que estaba muy arriba. La gente, enloquecida. Y explotó El Acceso. No había nada para gente grande acá. Hacíamos sonido nosotros, todo. Y a Marín también lo tengo que destacar porque en los primeros meses nos dijo: “Muchachos, trabajen o no trabajen, no será un problema. Trabajen más, hasta que recuperen lo que han invertido”. Habían estado como tres meses trabajando los albañiles. Reformamos todo e hice un escenario desde el que se veían el espectáculo y el artista que estaba arriba, de todos lados. Y así fuimos trabajando hasta la pandemia. Fueron veinte años.

¿Y El Gigante?

Ahí, también, todos los números más importantes pasaron. Traje a Mario Luis y a Supermerk2, que tocó a las 3:00 de la mañana. Mario Luis llegó a las 7:00 de la mañana. Me acordé de toda la familia. No querían dejar que actuara. Al final tocaron y terminó a las 8:30. Y así me fui ganando un nombre. Yo llamaba de acá y era lo más fuerte que había. Después estaba Cippola, en Junín, pero acá y en la zona me respetaban. Ahí traje a todos los números que había. Y se terminó ahí porque yo estaba en sociedad con el “Flaco” Navarro. Un día fui a Buenos Aires, a control por el trasplante, y, cuando volví, no había movimiento. Fui y faltaban cosas, había cosas desconectadas. Entonces llamé al “Flaco” y me dijo: “No sigo más. Me cansé. No sigo más porque no me rinde, no sirve”. Se hizo mucha plata en ese tiempo. Yo iba directamente a Prendes Materiales y compraba. Mi idea fue hacer casas, que son las que hoy tengo. Estuvimos tres años ahí, nada más. Y yo hice ni más ni menos que cinco casas nuevas 0 kilómetro. Me sobró material, lo devolví y, con eso, reparé otras casas que compré. Ese es el fruto que me dio El Gigante, más El Acceso. Ahí, en El Acceso, que era para gente grande, a veces hacía los viernes, también con números de la movida tropical. Vinieron Daniel Agostini, La Clave, Sebastián Mendoza, Mario Luis, el “Gordo” Luis, un montón. Fui muy nombrado en Pasión de Sábado por El Acceso Bailable y El Gigante. Siempre iba a las 11:00 de la noche a abrir, porque, si había una luz que no andaba, la podía arreglar; si pasó algo con el sonido, lo puedo arreglar. No me entendía ni mi familia, a veces. Yo, en mi locura, tenía algunas cosas en las que tenía razón.

Contame de las transmisiones de fútbol siguiendo a El Linqueño.

Ya va a hacer casi treinta años. Empezamos con Franco Barbero; él era chico. Teníamos una mesita, nos ponían en cualquier lado. Compré una consolita que todavía tengo, porque este año la hice reparar por completo, una Trialcom, que es la que usan los profesionales, y empezamos los dos. Yo también metía bocados, pero Franco relataba, comentaba y leía las publicidades. Así empezó el fútbol. Viajábamos los dos, nada más. No había nadie más. Acá la única radio que hacía fútbol fuerte era la 92.5, con Sisto, Trono, Quevedo y mucha gente muy buena. Todos ellos nos fueron enseñando. “Lucho” me daba una mano y me hacía un equipito a la par de la consola. Estoy hablando de los primeros años. Por ejemplo, a algunos partidos nos llevaban o íbamos con la hinchada, como se podía. Pero nunca lo dejé de hacer. Pasaron un montón de relatores, como Gabriel Maccaroni, al que le dicen el “Taza”, que estuvo en una AM de Nueve de Julio. La primera vez que vino a relatar acá, lo hacíamos con handy. El “Taza” trabaja, hasta el día de hoy, en un camión. Y llegó a la cancha, ya habíamos empezado la transmisión. Se bajó del camión. Era gordo, estaba todo así, nomás… Y nosotros decíamos que había llegado el mejor relator, porque lo habíamos escuchado. Se puso a transmitir y todos se quedaron mirando. Para mí, estaba José María Muñoz. La gente del canal me dijo si le dejaba poner el micrófono y todos se miraban. Y Franco estaba ahí. Y así se hizo Franco. Creo que hoy Franco Barbero es uno de los mejores.