Héctor Topa: “Siento que soy el último de los creadores de atracciones mecánicas”
ENTREVISTA. Entre los grandes protagonistas del carnaval, La Mecánica Loca tiene un lugar destacado. Con una creatividad única, ha puesto en la avenida Massey los vehículos más inverosímiles, como carretillas, inodoros, lavarropas, arados, un sulky tirado por una moto, un viejo Ford T y hasta un Citroën que se convierte en robot. “A mí me encanta el corso, lo llevo en el alma, y me duele no poder entrar”, dijo el hacedor.
La historia del carnaval de Lincoln tiene miles de protagonistas y cada uno cuenta la suya. Pero la familia Topa, a fuerza de creatividad y trabajo, ha llevado las atracciones mecánicas un paso más allá. Hoy, de los tres hermanos creadores de La Mecánica Loca, Héctor es el que tiene la responsabilidad de dar testimonio de las vivencias con “Carlitos” y Hugo, quienes ya no están, pero han dejado un legado impresionante. Hoy, en las entrevistas de La Posta, Héctor Topa, el señor de Ford T.
¿De qué barrio salió la familia Topa?
Mi casa era en Roque Sáenz Peña 177, en el barrio La Estación. Ahí nos criamos los ocho hermanos. Un barrio tranquilo, todos pibes. Estaban “Carlitos” De La Palenque, Raúl Sosa, “Pototo” Mango, los chicos de Emanuele y, en la esquina, donde está el Tati Repuestos, era el club Sarmiento. Ahí venían todos. Cuando venía el tren, bajaban todos ahí. Había un billar, del otro lado estaba el billar de hongos y al medio había tres “fulbitos”. Pasábamos las horas ahí. Nosotros éramos ocho hermanos; yo soy el anteúltimo. Tres mujeres y cinco varones. Mi viejo era camionero del molino de acá, Molino Río de La Plata. En aquella época estaba la molienda acá y tenían los camiones que salían a repartir las bolsas de harina de 70 kilos.
¿Cuál fue tu primer trabajo?
Cuando era chico, empecé a lustrar zapatos. Iba a al centro. Éramos tres o cuatro los que andábamos: “Coco” Villegas, el enanito “Adolfito”. El que manejaba a “Adolfito” era el viejo Baigorria, que tenía el puesto en la estación de colectivos. Después empecé a vender diarios, hasta que entré a trabajar en la panadería de Sánchez y Bastía, en Arenales y Pueyrredón. Ahí tiré los primeros pasos de panadero, con el “Gordo” Disanti. Y después me fui a lo de “Pirulo” Galar, en Roque Sáenz Peña y Urquiza. Ahí después vino Juan Carlos Disanti. Entramos los dos. Después me fui a Buenos Aires y estuve trabajando también de panadero. Hasta que volví a Lincoln, entré a trabajar en lo de De Palma y Bernini, y ahí ya empezamos a hinchar con los autos en los corsos.
¿Pero de mecánica sabías algo?
Sí, cuando iba con mi hermano al taller, andábamos y aprendí. Y ahí empezamos también con el carnaval. Nos disfrazábamos; después mi hermano hizo el sulky y la carretilla. Fueron los primeros motivos que salieron al carnaval de Lincoln, en la época de Lanusse. Y, con unos cuantos amigos de él, como “Lucho” Dara, los chicos de Agüero, Saúl Giaccobe, el “Fefi” Fioretta, una barra que se juntaba… Y con mi hermano Hugo, el más chico, que falleció, había venido justo la Pepsi a Lincoln y le fui a pedir la propaganda. En un molde de tierra hicimos la botella y armamos como lo que hoy es una máscara suelta. Pero, a mitad de camino, la prendí fuego porque no la podía llevar. Nos había quedado muy bajo, no tenía recorrido con los pies y me choqué el cantero, así que la terminé prendiendo fuego. Después le iba a ayudar a Daniel “Batata” Fernández. Cuando él hizo a Maradona y al “Flaco” Menotti, iba a pegar papeles. Pero a mí me gustaban los fierros. Cuando entré a trabajar en lo de De Palma y Bernini, hice “El mundo dos asientos”. Fue el primer motivo que hice con fierros y con motor. En esa época estaba la novela de Claudio Lebrino, “Un mundo de veinte asientos”, que era chofer de colectivo. Me llevé de mi casa un elástico de cama de esos viejos, de hierro. Mi vieja se enojó porque era un elástico que estaba en uso. Después le soldé dos asientos de colectivo y le puse un motor Villa. Le metí dos rueditas adelante y una atrás. Y lo salí a probar… ¡Los desastres que hacía…! Ahora, cuando se paraba el Villa, daban ganas de prenderlo fuego.
¿Cómo se le ocurrió a tu hermano hacer el sulky con una moto?
Estaban en el taller una noche, en Ancalú y Almafuerte, hablando, mateando, y apareció uno con una carretilla. Le soldaron una corona, le pusieron un motorcito, un Zanella 100, arriba, y lo hicieron andar. En la historieta está “El Vasco de la Carretilla”, un tipo que recorrió la Argentina con la carretilla y llevaba todas sus porquerías arriba. Era un linyera. Y le quedó ese nombre… Y el tema del sulky que salió con la moto fue que en la época de la veda de carne, cuando se podía comer carne una semana y dos no, agarraron una moto, le hicieron una base, la pusieron arriba, salieron a probarla y andaba. Le pusieron un cartel detrás, grandote, que decía: “Con la cuestión de la veda, ya ni caballo nos queda”. Después, con un sidecar hice un aparato con el que entré dos noches, y en la tercera ya me echaron porque nos chocábamos todo. Después, ya estando en el taller De Palma y Bernini, me compré un jeep e hice el Ford T para mí. Después hice el caballo mecánico, que es furor en cada carnaval, y el Citroën, que se abría al medio, con eso de la película “Cupido motorizado”. La parte de adelante tenía motor, pero la parte de atrás no. Ese fue hecho en el ’93 o en el ’94. Después estaba el caballo, que era más chiquito que el último, y en ese lapso también estaba una chancha, que estaba en un carrito, que era como el caballo, pero más chica.

¿Conocías algún Ford T como el que después armaste?
Ya había habido algunos. Al primero que apareció lo hizo Narciso Smith con el mecánico Ortega, que tenía el taller en la cuadra del “Porta Pía”. Con el tiempo, lo hicieron el “Pelado” Forteza y los hermanos Dinella, uno de los cuales después lo llevó a General Pinto. Contaban la historia de que se le fundían los cigüeñales cuando lo abalanzaban, porque era un motor a aceite. Entonces hicieron los cojinetes con correa y le sacaban la lengua al zapato. Entonces, se empapaba en aceite. Cuando lo levantaban, daban cuatro o cinco vueltas, y, cuando empezaban a sentir olor a quemado, lo bajaban y salían de nuevo. Después, ya con los motores con bomba, fue otra cosa. Cuando yo lo fabriqué en lo de De Palma y Bernini, ellos ya habían hecho otros vehículos. El primero había sido la volanta, que iba tirando totoras… ¡Se armó un quilombo con esas totoras! Habían desarmado una fragua, y le habían puesto el fuelle que chupaba y tiraba.
¿Qué recordás del viejo carnaval?
A veces me da bronca cuando hacen homenajes y no nombran a las personas que sacaron el corso adelante. Me acuerdo de que, en las puntas de los canteros, ponían un palco y le daban premios al mejor; todas las vidrieras, premio a la mejor. Ahora es todo negocio. El carnaval que conocimos nosotros fue algo extraordinario. Dábamos la vuelta por la esquina de la plaza y volvíamos a pasar para el otro lado. No había vallas, no había nada. Yo levantaba el Ford T y giraba despacito para que la gente se corriera. ¡Y no se corría! Entonces hicimos algo para que se tuviera que correr. Le pusimos agua y empezamos a tirarle agua. ¡Ah, mira cómo se corren! Le habíamos puesto dos chorros que salían de adelante y mi hermano más chico le había puesto otros dos chorros. Llevábamos un bidón de diez litros y así las podíamos correr.
¿En esa época iban a otras ciudades?
En aquel momento, Righi nos consiguió para ir a Mar del Plata e hizo contrato allá. Mandó el sulky y la carretilla a abrir la temporada. Yo iba detrás agarrando el sulky, porque no tenía frenos, y mi hermano lo hacía abalanzar… ¿Sabes cómo corría y la fuerza que hacía yo? Era en la avenida principal de Mar del Plata, que tiene bajada. Yo agarraba el sulky y lo traía para atrás, y el otro, que iba con mi hermano adelante, con un guante frenaba la rueda. Después fuimos a Avenida de Mayo, enfrente de la Casa de Gobierno. Ahí ya fuimos con el sulky y la carretilla, y llevamos un arado de una sola reja. Le habíamos puesto un motor Villa de 16 caballos, pero el tema era cómo hacíamos para frenarlo en la calle de adoquines. Entonces lo íbamos manejando y, cuando queríamos frenar, le largábamos la palita que tenía el arado, se clavaba en un adoquín y empezaba a dar vueltas.
¿Y el caballo?
Estábamos en el taller, en la Roque Sáenz Peña, con mi hermano Hugo, viendo qué podíamos hacer, y se nos ocurrió hacer el caballo. Conseguí un tarro y, en un carro, lo hice chiquito y todo hidráulico. Todos se reían. Lo tirábamos con un tractorcito y andaba. El tractor tenía toma de fuerza, le había puesto la bomba hidráulica en la toma y hacía andar los hidráulicos. El otro año, como era furor, compré un chasis de un Ford 8, lo levanté hasta la altura en que quedó y fue el furor. Hoy es la atracción del carnaval de Lincoln. También tuve la chancha, pero después la desarmé porque le dimos más importancia al caballo.
¿Qué podés decir del robot?
Fue la última creación de los tres hermanos juntos. Después estuvimos un tiempo parados, se enfermó “Carlitos”; después, Hugo; y fue él quien me pidió que sacara el robot al carnaval. Él estaba en la cama y me dijo: “Sacá el robot, que lo miro por televisión”. El robot fue hecho en el ’97 o ’98, por ahí. Pero no fue presentado en Lincoln. Fuimos una noche y no pudimos entrar, cuando a los corsos los tenía el Centro Unión Comercio e Industrias. El robot se presentó en Eduardo Castex. Y después, casi diez años o menos, lo pudimos presentar acá.
¿Cuál fue, de todos los autos, el más complicado de armar o de llevar a cabo la idea?
El robot, sin dudas. Mi hermano tenía el nene chiquito, Nicolás, y le habían regalado un autito chiquito. Lo llevó al taller y yo lo miraba, porque el autito chocaba la pared y se levantaba, y se hacía un robot. Y me dijo Hugo: “Está lindo para hacerlo. Vamos a hacerlo”. Le desarmamos todo al autito a Nicolás, pieza por pieza. Era un autito tipo los “Transformers”. Y ahí hicimos el robot, que fue con el que más laburábamos. Una noche estábamos debajo de una planta, en la Roque Sáenz Peña, y estaban los cables enchufados en el baño. Teníamos la soldadora eléctrica, poníamos unos trapos para que no cayera agua y soldábamos. Por ahí se cortaba, saltaba la luz, nos mataba a patadas, pero poníamos una madera seca y seguíamos soldando. Todas cosas de cuando éramos más jóvenes. Era otra cosa. Ibas a Montani Hierros, les decías que iba a llevar unos fierros para hacer algo para el corso y te daban lo que necesitaras. Después le poníamos la propaganda y, cuando le íbamos a pagar, nos decía: “¿Arreglar? No. Si me pusiste la propaganda, ¿qué te voy a cobrar los fierros?”. Hoy nadie te da nada; hoy todo es plata. Cambió la vida, y las comisiones de corso no ven el sacrificio que hace uno.

¿Creés que no se valora al hacedor del carnaval?
Las atracciones mecánicas y las carrozas son autóctonas de Lincoln. No existen en otro corso. Podés ir a un montón de lugares: comparsa y batucada va a haber. Un carro musical, un carro disfrazado, encontrás. Pero carrozas y atracciones mecánicas como en Lincoln no hay en ningún lado. Son de Lincoln. Hemos andado por millones de corsos, hemos recorrido bastante la Argentina con los autos y todo eso sale de acá. Vas a Tucumán y te encontrás en un corso con una carroza de Lincoln. Soy partidario de que la comisión de corsos tiene que estar totalmente desligada de lo que es Municipalidad, como era antes. Acá estuvo Gagnieri, que hizo el corso a la vuelta de la plaza, terminó el corso y no recaudó lo que tenía que recaudar. El Municipio, en ese momento, no lo ayudaba, y tuvo que vender una chacra para pagar todos los premios. Después se la reconoció el Municipio y se la devolvió. Pero él se tuvo que deshacer de una chacra porque era el presidente de la comisión de corsos. El Municipio no apoyaba nada más. Cuando estaba don Moreno, ponía mucha plata. Él fue el único. Cuando teníamos el trencito, pagaba la nafta para que sacara una noche de corsos a las personas del asilo de ancianos, a los chicos de Cepadis, y todos participaban del carnaval. Hoy está muy politizado y mataron el espíritu del carnaval. Otra cosa que se perdió fue que no hicieron un semillero. Se perdió eso de recorrer los galpones. Los chicos iban al galpón de la Roque Sáenz Peña, de ahí se iban a lo de “Batata” Fernández o a lo de “Leo” Michelli, iban a chusmear a Traversa y recorrían todo Lincoln en bicicleta, por todos los galpones de los corsos.
¿Cómo era ese “ritual” de la salida con los autos?
Nosotros sacábamos todos los autos y los estacionábamos en 45 grados en la Roque Sáenz Peña, desde Obras Sanitarias hasta lo de “Marianito”. Los chicos los lavaban y, a las 9:00 de la noche, ya estaban listos para ir al carnaval. Pero había algo puntual y era que toda la vida se esperaba que se pusiera en marcha el Ford T. Vos lo ponés en marcha y escuchás eso, ese motor que empieza a girar… De todos los “catangos” que andan en el corso, el Ford T mío es el único que lleva a los chicos. A mí me siguen todos los chicos…
¿Cuánto hace que no entran al carnaval?
Hace dos años que lo miramos desde afuera. No me gusta, pero, bueno, no compartimos ciertas cosas… Lo más difícil de todo esto fue el año pasado, que me dijeran, con 70 años, que no entrábamos. A mí me encanta el corso, lo llevo en el alma y me duele no poder entrar. Por ahí escondo un poco qué es esta pasión. Yo vivo por el corso. Tengo 72 años y vivo por el corso. Pero uno se cansa de poner plata y de perder plata para que cuatro tipos se llenen los bolsillos. Trabajamos tres meses, cuatro meses, cinco meses, dos meses o lo que sea. Y laburar tanto, sin noches, sin dormir, sin comer, sin nada, para pasar seis noches, un ratito, y después renegar… Lo más triste de todo esto es que laburamos como unos condenados. Y hablo en general, del carrocero, de los chicos de las batucadas, todos… Y pasás seis noches, aunque ahora pasás tres, y decís: “¿Laburé tanto para esto?”. No hay reconocimiento. Reconocimiento tenés de la gente, que es lo más lindo que hay. Una noche salimos acá y en la mitad se rompió el Ford T. Al otro día estaba el motor armado de nuevo. Eso es pasión. Porque te descontaban puntos. Hoy un motor viejo te sale más caro que uno nuevo, porque no se consiguen repuestos. Yo a esto lo amo con locura. Pero llega un momento en que te matan, porque no te dejan chance. Los últimos años, cuando estuvimos todos juntos y alquilamos galpones, perdimos arriba de $400.000.
¿Cuáles son tus orgullos, hablando de los autos?
Desde que yo empecé en el carnaval hasta hoy, entre el caballo y el robot, no hay ninguno que me iguale, ninguno que tenga los mismos movimientos nuestros. Desde el año ’98 en adelante, nadie superó el robot. Pero yo siento que soy el último de los creadores de atracciones mecánicas. No queda nadie más. Quedan sucesores, quedan los que vienen atrás… Y volvemos a lo mismo: no hay un reconocimiento de nada a lo que es autóctono, genuino.
¿Dónde están los autos ahora?
Lamentablemente, al no tener lugar para guardarlos, hay una parte en mi casa, otra parte en el galpón de mi hijo José y otra parte en un galpón que nos prestaron. Pero están a la intemperie. Desde la última vez en que invertimos para ponerlos en marcha, gastamos mucha plata, quedamos debiendo y después pudimos pagar, pero tenés que tener un galpón y destinar $6 millones, $7 millones, para alquilar un galpón y tener los autos adentro. No se justifica, porque, si te ponés a laburar, estás hablando de que el premio es de $13 millones y te gastás $6 millones en alquilar un lugar para guardar los autos. Te gastás 3, 4 “palos”, para armar los autos, más lo que te lleva entrar de por sí… Entonces no podés trabajar así. Esto es por una pasión, pero hoy en día, como todo, cuesta vivir. Igualmente, creo que una vuelta más por el carnaval, aunque peleemos con todos, pero aunque sea el Ford T, va a salir este año. Vamos a tratar de salir, aunque sea el último año, con el Ford T, el sulky y la carretilla.
¿Entonces vamos a tener a La Mecánica Loca en el próximo carnaval?
El sulky y la carretilla, sea como sea, tienen que estar. Y, como estaba, con su Zanella 100. Hay que poner mucha plata para ponerlos en marcha. La última vez que hice el motor del sulky, hice casi 500 kilómetros para buscar los repuestos, porque es un motor Zanella muy viejo. No se consiguen repuestos; entonces hice kilómetros para conseguirlo. Pero este año nuestra parte va a ser poner en marcha a esos tres motores, esos tres “catangos”, como decimos nosotros: el Ford T, el sulky y la carretilla. Me gustaría poner en marcha, más que el robot, el lavarropas y el inodoro, cada vehículo representando a cada integrante de La Mecánica Loca. Porque La Mecánica Loca, toda la vida, fue familiar. Y lo que vivimos entre los hermanos, con los chicos, en cada carnaval, en cada viaje, nos quedó grabado para siempre.
