Eugenio Hernández: “En el Impala me gustó trabajar siempre, sinceramente, por el lugar y por la gente”
ENTREVISTA. Es uno de los mozos icónicos de Lincoln y ha transcurrido generaciones a través de su trabajo. Su profesión se refleja en su estampa y es uno de los claros ejemplos de presencia, amabilidad y respeto. Actualmente se desempeña en la casa del té Las Camelias. Dijo: “Hoy estoy muy contento, muy cómodo con la gente que va. Cuando no pueda trabajar más, me quedaré en casa”.
En Lincoln, muchas profesiones se asocian directamente con algún nombre propio. Y en la de mozo, a pesar de haber habido muchos y muy buenos, hay uno que es un auténtico sinónimo. Carisma, respeto y amabilidad son algunas de las cualidades que lo han llevado a convertirse en un personaje característico de Lincoln. Hoy, en las entrevistas de La Posta, Eugenio Hernández… O, simplemente, Eugenio (¡cerrame la 12, sin postre!).
¿Cuál es el origen de Eugenio Hernández?
Nací en Lincoln en el año ’59, en septiembre del ’59, en la calle Mitre, entre Saavedra y Tiseyra, en el 553. Tengo tres hermanos, un varón, el segundo, Miguel, y dos hermanas mujeres, Ester y Griselda. Mi mamá era ama de casa y mi viejo era albañil. Hice la escuela primaria solamente en la Escuela N° 2. Comencé un año en la Escuela “Hogar de Nazaret”, pero no terminé, y después comencé de nuevo en la Escuela N° 2 vieja, pero no terminé ahí porque la demolieron antes y nos repartieron en otros lugares. Yo terminé ahí, en la calle Moreno.
¿Empezaste a trabajar desde chico?
Cuando todavía estaba en la escuela, ya trabajaba de noche. Fue cuando abrió el bowling del Club Rivadavia, en septiembre del ’72, y a uno le gusta trabajar, andar… Iba a sexto grado y empecé a trabajar en el bowling, a levantar palos. Y terminé la escuela y seguí ahí. Tuve compañeros como Aníbal Gómez, al que le dicen “Geniol”, Walter Hernández, el carnicero, el “Conejo”, Oscar y Walter Silva. Estaba “Pecho” Luengo de encargado del bowling, a la noche. Y un día don Ismael Nassif me dijo si quería trabajar en la cantina, en la confitería de Rivadavia, y pasé a trabajar ahí. Empecé el 30 de junio del ’74, un día antes de que muriera Perón, que fue el 1 de julio de ese mismo año, y tuvimos tres o cuatro días en que no se podía trabajar porque había duelo nacional. Ahí estuve trabajando hasta mayo del ’76. Trabajé casi dos años. Ahí al hombre se le venció el contrato, o lo sacaban del club, porque venía otro cantinero.
¿Cómo fue tu entrada al hotel Impala?
Fue ahí, enseguida. Era un lunes. Fuimos por la mañana a limpiar y a ordenar, y se terminaba el trabajo en la cantina de Rivadavia. Y el muchacho que estaba ahí me dijo: “¿Por qué no te vas al Impala?”. Y fui esa misma tarde, y justo dio la casualidad de que llegué y estaba el patrón del hotel, el dueño, que era de Buenos Aires, Sabino Elía, que venía una vez por mes, más o menos. Y me dice que sí. Trabajaba “Carlitos” Velázquez en esa época en el Impala, que me vio y me preguntó: “¿De dónde viene usted?”. Entonces le dije: “Vengo del club y tengo que trabajar. Hoy fue el último día”. Yo era un pibe, tenía 16 años. Me dijo que fuera al día siguiente para practicar y que íbamos a probar dos o tres meses. Al otro día era 18 de mayo del año ’76 y ahí me quedé. Estuve trabajando en la cocina como un mes, y al mes vino el dueño de Buenos Aires, me trajo la ropa, la camisa, el pantalón, el saco de mozo. A mí me gustaba trabajar de mozo, así que perfecto. Y trabajé ocho años.
¿Por qué te fuiste?
Un hombre acá, en Lincoln, andaba detrás de mí, me quería llevar a trabajar a Mar del Plata. Me volvió loco. Hasta que un día me hizo renunciar al Impala y me fui a trabajar a Mar del Plata con Jorge Gambogi. Había alquilado un boliche frente a la pileta techada, en el bulevar Marítimo y Alsina, y después fuimos a trabajar a la calle Tucumán, a una cuadra y media de tribunales, entre Gascón y Alberti. Estuvimos un tiempo, me fui en junio y estuve hasta febrero del ’84. En esa época yo me había hecho de novio y estaba “que me quedo, que no me quedo”. Y la que era mi novia dijo: “No, no, vamos para allá, para la zona”. Y me consiguió trabajo, por intermedio del patrón de ella, en Tótem. Así que ya venía con trabajo. Un 23 de febrero había carnaval y llegué acá al mediodía en el colectivo, y a las 6:00 de la tarde había que trabajar. Me acuerdo de que estaba Alberto Funes a cargo de la confitería Tótem, y don Comesaña me dijo que yo iba a ser el encargado. Estaban todos los muchachos, los chicos de Venero, un chico de Gómez, Corbalán… Y, después, todos los chicos estaban en la barra, un montón: Galeano, el “Billy” Ormazábal, “Liví” Baigorria… Estuve trabajando un tiempo y ese año me casé, en abril del ’85. Nosotros no teníamos casa y Telmo Torres, que era el tío de la que fue mi señora, nos prestó y fuimos a vivir ahí, a Las Heras 151. Telmo nos prestó la casa porque él vivía en la Urquiza, donde tenía la pizzería. Con el tiempo, se tuvo que ir de ahí y se quería ir a vivir allá, así que nosotros nos teníamos que ir. La que era mi señora consiguió un trabajo y nos fuimos a Junín. Ella tenía los padres allá y yo trabajé un tiempito corto en una confitería que estaba frente a la plaza. Hora Libre se llamaba. Trabajé un tiempito hasta que mi mamá me avisó que había salido sorteado con una casa que sorteaba la Municipalidad, el primer plan que se hizo en democracia, el plan Vivec Intendente Menarvino, en la calle Colón.

¿Volviste a Lincoln sin trabajo?
Cuando se enteraron en el Impala, me llamaron para ver si podía volver a trabajar. Ya estaba el otro patrón, García. Había cambiado en la época en que yo estaba en Tótem. Yo tenía que volver a conseguir casa para vivir y me vine a una en la calle Martín Rodríguez y Obligado. Ahí estuvimos viviendo un tiempo bueno hasta que estuvo lista la casa por la que habíamos salido sorteados, y nos fuimos a vivir allá, pero antes fuimos un tiempo a lo de Telmo otra vez, porque la que era mi señora tenía que estar en reposo porque estaba embarazada. Fuimos a vivir con Telmo todos allá. Y ahí nació María Eugenia, mi hija mayor. Cuando nos dieron la casita, la empezamos a arreglar. Y nos fuimos a vivir allá en octubre del ’86. En esa época estuve en el Impala, hasta el 2000, como catorce años.
¿Te fuiste otra vez?
Claro. Hacía changas. Trabajé como tres años y medio con Adrián Sánchez en el catering. Era entre 2002 y 2005, en ese lapso, y antes hacía unas changas, si me llamaban de mozo o de cualquier otra cosa. Hasta que en 2005 me volvieron a llamar del Impala y volví a trabajar ahí hasta 2014, nueve años más. Después me sacaron porque no querían tener más gente grande, ya que no podían pagar la obra social, “que esto, que lo otro”. Así que me fui. Era marzo cuando me avisaron. Volví a hacer changas esperando y me llamaron del hotel Castilla. Había agarrado Cisarello. Se decía que era del intendente, pero a mí me llevó a trabajar Cisarello. Estaba el “Mono” Machado también. Trabajamos ahí todo ese año 2014, 2015 y parte de 2016, hasta marzo de 2016. En 2015 fueron las elecciones en las que ganó Serenal, y ahí empezaron a decir que “había piojo”, como que había que sacar personas, había que sacar gente. Así que empecé a buscar trabajo. Ya sabía que me iban a decir que me fuera. Me acuerdo de que Mario Recalde me dijo: “¿Por qué no te vas a la 25 de Mayo? Dicen que hay una panadería, que van a venir a la confitería”. Fui y me atendió la dueña. Ella estaba arreglando el local al lado de Criollo, así que tuvimos un tiempo hasta que ella me llamó, porque estaba terminando de a poco, y desde el Castilla me avisaron que el 31 de marzo era el último día. Y estuve todo abril y parte de mayo sin trabajo, y arrancamos el 31 de mayo. Empezamos el 1 de junio a abrir a la gente. Estuvimos como tres años en aquel local hasta que después ya tenía la panadería donde está ahora, y alquiló al local de al lado y nos fuimos donde está ahora. A fin de mayo van a hacer diez años de que estamos trabajando. Es lo que más me gusta. Además, los fines de semana, desde 2019, antes de la pandemia, voy a Flamenco con Juan Espil.
¿Se puede decir que tu trabajo ha sido siempre de mozo?
Siempre de mozo. En un momento vendía vino para Juan Argilla. Él traía de Mendoza, de San Juan. Además, aceitunas, cajones de dulce de membrillo… En una época yo no tenía qué hacer y le vendía eso. Pero, si no, siempre trabajando de mozo. He trabajado también varias veces con Fabián Cataldo. Con Cristian Sánchez, también: trabajaba con nosotros cuando estaba con Adrián Sánchez, y después se quedó solo y varias veces me llamó. Fabián Pantanetti también.
¿Cuál fue tu gran compañero como mozo?
En el Impala había un plantel bárbaro. Estaban Benito Holzman, que era el gerente; Ricardo Rivas; Teresita Zuccari; “Carlitos” Velázquez, que estuvo un tiempo hasta que se fue; don Avelino González, que fue un tipazo. Él vino tiempito después de que yo entrara. Venía de trabajar en la confitería que era de Fresno y después tuvo otro nombre, y se vino cuando cerró, hasta que se jubiló. Pero, si tengo que nombrar a uno, Manuel (Pérez) fue un compañerazo. Manuel fue un tipazo. La lástima es que se fue hace poco… Pero han pasado tantos compañeros y amigos, como Luis Ramos, otro tipazo.
¿Notás que cambió mucho la profesión desde aquellos primeros años a hoy?
Cuando empecé a trabajar, era como un furor que había con la confitería del Impala. Había poco en Lincoln, había dos o tres, nomás, y siempre estaba lleno. Estaba la gente del hotel, los famosos miércoles, cuando había confiterías bailables. Después, cuando venía el fin de año, la época de los egresados, siempre había gente; era una época bárbara. Después se paró un poco, pero siempre había gente. En el Impala me gustó trabajar siempre, sinceramente, por el lugar y por la gente.
Seguramente te ha tocado atender a gente famosa, a artistas. ¿De quién te acordás?
Gente de todas clases. Venían tantos artistas… No me acuerdo de todos, pero sí de los primeros. El primer artista que vi en el hotel fue el “Chango” Nieto. Poquito tiempo después vino don Ariel Ramírez con el compañero Domingo Cura. Me acuerdo de que estábamos con “Carlitos” y en esa época estaban las puertas de Blindex, que eran de color verde oscuro. Una tardecita, “Carlitos” me dijo: “Mirá, ese hombre viene caminando rápido, se va a chocar el vidrio”. Y se chocó el vidrio y se lastimó la nariz. Era Domingo Cura, y tenía que tocar por la noche. ¡El golpe que se pegó, pobre! Estaba medio oscuro y se confió en que no había puerta. Pobre tipo… Y ahí entró disparando. Después, mucha gente. Empezó la época de los políticos. Para mí, fue un honor atender a René Favoloro, que vino también dos veces. Una vez lo trajo el doctor Spinelli y otra vez creo que lo trajo Miguel Pellegrini, que estaba en alguna comisión. Después fue a cenar mi amigo “Coco” Fernández allá, en la parrilla que tenía en la casa, en la Maipú. Él tiene fotos con Favaloro. Después salí corriendo cuando vino, y soy medio admirador de él, el “Flaco” Menotti. ¡Cuando lo vi, salí corriendo a abrazarlo! Y otro al que salí corriendo para abrazar fue don Jaime Torres; me encantaba. Después, no fui mucho de sacarme fotos con los artistas. Venían, los saludaba si los tenía que saludar. Pero la única foto que me saqué una vez fue con “Carlitos” Balá, que ya era grande, y me saqué una foto con él. Y después hay de todo: hay gente que respondía bárbaro y gente que no te daba bolillas. Recuerdo el furor cuando vino el rally, con Traverso, el hijo de Menem, todo el furor de los años ’90… Vino Miguel Ángel Guerra, estaban todos los tuercas…
¿Cómo son los famosos para la propina?
Hay de todo. Hay gente que no te deja nada y hay gente que te deja. Como la gente de Lincoln, hay quien deja buenas propinas y le gusta que lo atiendan bien, y lo reconocen con una buena propina.

¿Cómo ves hoy la profesión de mozo?
Ya no hay muchos mozos varones. Hay chicos, hay chicas, los lugares a veces toman más chicas. Parece que los chicos no quieren trabajar de mozos, o no sé. En la época en que yo empecé a trabajar en el Impala, la primera época, los primeros ocho años, siempre había varones. Después, con el tiempo, empezaron a tomar chicas. Después se dio por las chicas, y hay de todo. Hay chicas que son muy buenas laburando y hay otras a las que no les gusta, o no son muy duchas.
¿Qué creés vos que tiene que tener un mozo para ser bueno?
Hay que estar siempre bien presentable, bien presentado, y ser bastante amable y respetuoso. Atender y estar siempre a disposición del cliente, estar ahí, no distraerse. Es como todo. Hay gente que no hace problema y hay gente que te vuelve loco. Te hace ir, venir. Pero hay que tratar de entender bien lo que cada uno quiere. Con el tiempo, uno va aprendiendo. A mí, trabajar de mozo me encantó. Me gustaba la gastronomía, pero me gustaba más trabajar de mozo que en otro lugar. Hay gente a la que le gusta trabajar en la barra; otra, en la cocina. A mí me gusta atender la mesa. Nosotros trabajábamos todo el año, en Navidad a veces, siempre de noche, prácticamente. Ahora, en estos últimos años, estoy trabajando de día. De noche no hay trabajo. De noche, sí, voy a Flamenco. Cuando estaba en el catering, estábamos hasta la madrugada y nos agarraba el día. Lo mismo en el Impala. Antes, capaz, eran las 5:00 de la mañana y estábamos ahí. Había fines de semana en que nos íbamos a las 5:00 de la mañana porque había gente que se quedaba.
¿Tenés alguna anécdota de la que te acuerdes?
Se me han caído cosas de la bandeja. Una vez, una mujer, Celina… En el hotel se hacían desfiles cuando estaba “Beba” Bajo. Hacía desfiles, y ella es fanática de los perros, esos tipo “Lassie”. Estaba desfilando y ella estaba en la punta del tablón. Llamaba al perro para que fuera, y yo andaba con la bandeja entre la gente. Se llenaba de gente; había que hacer equilibrio, porque era todo chiquito. Y llevaba jugo de durazno en los vasos largos. Y, cuando yo iba pasando, ella, que se levantó, con la cabeza pegó en la bandeja. ¡Y se armó un despiole…! Me cayeron todos los vasos en el pecho, llenos de jugo. Salí disparando a casa. Estaba todo manchado, en bicicleta. Me puse la camisa, porque tenía siempre camisa planchada, me cambié y en diez minutos estaba de vuelta. Ella se acuerda. Otra vez también se me cayó creo que jugo de durazno. Estaba Fernando Signorini con la señora, con Carmen, y había otro matrimonio. Yo estaba sirviendo y, con el codo o algo, me tocó la bandeja y le cayó el jugo a Carmen, todo por la espalda. Hoy, por la edad que tengo, no tengo el control ni la habilidad que tenía cuando tenía 20, 30 y 40. Me acuerdo de la época en que había shows o de la época en que se llenaba el Impala. Éramos una luz… Ahora no. Hasta la vista. Uno no usaba anteojos, nada… Me acuerdo de Santiago Elosú, que me preguntaba: “¿Cómo hacés para atender tantas mesas? Que vas para allá, te veo que vas para el otro lado…”. ¿Y qué se yo? Voy. En esa época, en la confitería, trabajamos todos de memoria. Después teníamos los compañeros de la barra; siempre eran ágiles. Ellos ayudaban, no hay duda. Tuve muchos compañeros en la barra que eran agilísimos. Levantaban pedidos, a veces, de dos o tres mesas de memoria. Y pedía una y, cuando ya estaba agarrando otra, ya dejaba el otro pedido en la memoria para la otra mesa, a la que iba a volver, y llevarla. Para mí, la confitería de memoria era más fácil, más rápido que anotar. Porque, si tenías que anotar, perdías tiempo. En la cocina sí; a la cocina a veces hay que llevar la comida, porque vos pedís una cosa y, si están haciendo otra, por ahí se olvida. Tenés que andar preguntando qué era, qué no era…
¿Cuál fue la época más linda de trabajo?
La primera época fue linda. Los primeros años, cuando entré a trabajar, eran lindos. Después, la primera vez que volví, del ’86 para adelante, también fue una época espectacular del Impala. Después me gustaba el catering, también. Me encantaba. Con Adrián Sánchez tuvimos una época buenísima, en la que tenía fiestas todos los fines de semana, los tres o cuatro días. A veces íbamos de un lado a otro, terminábamos acá e íbamos a un pueblo. A pesar de que andaba todo el día sin dormir, descansando poco, a mí me gustaba. A todos les gustaba el catering; la pasábamos muy bien. Había buen grupo de chicas y chicos, y todos de fierro, todos buenos compañeros. No faltaba ninguno. Tuve varios compañeros. Los chicos de Trejo eran de fierro, Víctor Hugo y Manuel. Eran infaltables; Pedro Varela, que falleció; Sergio Muñoz… Era un grupo muy lindo.
Tu hijo no fue mozo, pero estuvo vinculado con el sector gastronómico…
Él estuvo medio de encargado cuando estaba Brando, al lado del cine, en el que estaban Guillermo Suárez y un socio. Después se le antojó, con la amiga y socia “Calu” Del Valle, agarrar la confitería de Rivadavia. Y yo ahí les di una mano, los ayudé el tiempo en que estuvieron, porque cambió la comisión y se tuvieron que ir. Estuvieron desde abril hasta octubre. Después quisieron seguir con lo mismo en lo de Orío, donde también estuvieron un tiempo. Después dejaron porque cada uno tenía otras cosas que hacer y no podían con todo.
Tenés 66 años. ¿Hasta cuándo vas a seguir trabajando?
Hasta que pueda, sí. En septiembre voy a cumplir 67. La patrona, la vez pasada, cuando me jubilé, me preguntó si iba a seguir trabajando. ¿Y cómo no? Así que, hasta que me dé el físico, estoy. Voy por la mañana todas las mañanas. Me gusta. Voy desde las 5:00 de la mañana hasta la 1:30 o 2:00 de la tarde. Estoy ahí todos los días. Ella me da un franco cada domingo y cuando ella está me reemplaza. ¿Qué más puedo pedir a esta altura? Tengo jubilación, me pagan, atiendo a la gente… Ahí estoy muy contento, muy cómodo, con la gente que va. Hasta que me dé. Cuando no pueda trabajar más, me quedaré en casa. Porque se va pasando el tiempo.
