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Eduardo “Gato” Benevent: “Nunca pensé que había tanta corrupción en el boxeo”

ENTREVISTA. El gran campeón que ha tenido Lincoln repasó su carrera, sus inicios en el deporte, los títulos y su chance mundialista. Está convencido de que lo perjudicaron en varias oportunidades y por eso, a los 28 años, decidió retirarse. Incursionó en la formación de jóvenes y hoy se ha alejado. “Lo amo, llevo en el alma al boxeo, pero hoy la juventud tiene otra cabecita y es complicado”, dijo.

Eduardo Benevent, o “El Gato”, es la historia viva del boxeo en Lincoln. Fue campeón argentino y sudamericano en la categoría Welter Juniors y hasta tuvo una chance mundialista. Su pasión y su temperamento lo llevaron a no tolerar la injusticia y la corrupción, y por eso con solo 28 años decidió colgar los guantes. Hoy, en la entrevistas de La Posta, la historia de un campeón.

¿De dónde viene Eduardo Benevent?

Mi familia siempre vivió en el barrio Plaza España. Somos tres hermanos, y tengo a mi padre y mi madre vivos, gracias a Dios. Tengo un hijo y ahora hace casi cuatro años que estoy en pareja, me casé y acá estoy con mi señora.

¿Cómo entraste al boxeo?

Yo había empezado acá, con Aníbal Machado, en el club Independiente. Había un par de chicos que iban a entrenar y a mí me gustaban las piñas. Me habían echado de la Escuela Normal y mi padre me preguntó qué iba a hacer de mi vida. Nosotros siempre trabajamos, teníamos negocios, teníamos chacinados. Mi padre siempre fue laburante, enfermo del trabajo. Yo tenía a mi hermano que estudiaba medicina en La Plata, el mayor. Y le dije que quería boxear. Y él me decía: “¿Y no estás boxeando?”. Entonces le dije que me quería ir con “Paco” Bermúdez. Había un tal Ángel Montiel, que vendía frutas y verduras, y me dijo que, si quería boxear, me fuera con “Paco” Bermúdez. Yo ni lo conocía, pero era el que tenía a Nicolino Locche. Yo tenía ocho peleas ganadas como amateur con Machado, pero quería ir con “Paco” Bermúdez, que estaba en Mendoza. Yo tenía 16 años y no había salido nunca de Lincoln. Además, no conocía a “Paco”. Así que teníamos un amigo de mi padre que viajaba a San Luis en colectivo, a un famoso curandero en ese momento, José Morrielo, y con Guillermo Rus, que tenía colectivo. El 19 de julio de 1979, el día de la fiesta de Lincoln, que era feriado, me llevó mi padre a Mendoza con Guillermo Rus. Llegamos y “Paco” Bermúdez estaba de vacaciones, así que mi padre se tuvo que clavar tres días ahí, en Mendoza, para esperarlo. Y se quedó tres días. El viejo no venía y ellos se tuvieron que venir. Entonces fuimos al gimnasio de don “Paco” y el ayudante, que era Biondini, me dijo que había una pensión donde había boxeadores. En el gimnasio estaban Gustavo Ballas, Hugo Sergio Quartapelle, Locche, que solía ir a entrenar… Y Gustavo Ballas y Quartapelle me llevan a la pensión y compartí una habitación con uno de los chicos. Cuando llegó don “Paco”, me presentaron a Gustavo Ballas y Quartapelle. “Trajimos un pupilo nuevo de Lincoln”. “¿De dónde? ¿De Lincoln? ¿Dónde queda eso?”, dijo el viejo, que era bastante soberbio, altanero. Entonces le contaron que mi papá se había tenido que ir porque tenía un negocio. Entonces empezamos a hablar y me dijo: “Pero, ¿quién es su tutor?”. Claro, yo era menor, tenía 16 años. En esa época, de militares, no… Entonces los dos muchachos le dijeron que ellos se iban a hacer cargo porque yo estaba en la pensión. Eran un poco más grandes, pero Gustavo tenía 20 años y Quartapellela tenía 21 o 22, y yo era un pibe que no había salido nunca de Lincoln.

¿Cuál fue tu primera impresión?

Al otro día me dijo que fuera para ver qué condiciones tenía. Le había dicho que tenía ocho peleas, que era zurdo. Entonces me puso a hacer guantes con un tal “Nico” Pérez, que era un boxeador profesional y tenía una carrera hecha. Era chiquito, pero me pegó una paliza que no sabía por dónde agarrar. Me salía sangre de todos lados. Y yo pensaba: “Algún día voy a aprender”. Pasaron dos rounds y me dijo: “Ya está. Benevent, usted no sabe nada”. Le dije que estaba muy nervioso. Me habían puesto cabezal, todo. Yo, acá, nunca. Era del campo. Me pegó una paliza ese chiquito… Y “Paco” me dijo: “No sabe nada. ¿Y sabe otra cosa? Los zurdos no me gustan… No me gustan”. Yo casi me puse a llorar. “Me hago derecho, don ‘Paco’”, le dije. Yo quería quedarme. Me dijo que íbamos a probar tres meses con la mano izquierda adelante y ahí aprendí de derecho. Soy zurdo para todo, pero para boxear me hice derecho. Después empezaron a salir zurdos como “Gigi” Hernández, Hugo Luero, boxeadores de calidad, todos zurdos. Entonces me pidió que me pusiera de zurdo para que pudieran entrenar los que iban a boxear con algún zurdo. A los tres meses debuté y gané en la Federación. Después fui representante de Mendoza y representante argentino. Soy subcampeón latinoamericano en Brasil, adonde fui con “Rocky” Flores. Perdí contra un mexicano. Ellos ya sabían que iba a perder porque, si yo perdía, salía campeón Brasil con más medallas de oro. Y, si yo ganaba, salía campeón Argentina. Me salía un poco de sangre de la nariz y me pararon la pelea, directamente. Cuando llegué a la Argentina, decidí no representar más a la Selección y la Federación Argentina me suspendió un año. A los seis meses hubo una amnistía y me levantaron la suspensión, pero no representé más a la Argentina. Después me hice profesional. Cuando peleó Gustavo Ballas por el título del mundo en el Luna Park contra Suk Chul Bae, yo debutaba esa noche como profesional. Me faltaban 25 días para cumplir los 20 años y por eso no me dejaron debutar. Estaba concentrado en el hotel Presidente hacía veinte días y me vine a Lincoln llorando. Cuando llegué, le conté a mi padre y me mandó de nuevo a Buenos Aires. “¿Cómo vas a abandonar a tus compañeros? Si no peleás, quedate igual acompañándolos”, me dijo. Así que me fui a Buenos Aires otra vez y subí con don “Paco” Bermúdez en el rincón a atenderlo a Ballas. Ganó el título del mundo y yo fui el que levantó a Ballas en los hombros y le dio la vuelta. Al mes siguiente debuté en el Luna Park. Gané debutando ahí. Y a partir de ese momento empezó mi carrera como profesional.

¿Seguiste en Mendoza?

Cuando Gustavo Ballas perdió el título en Japón, el viejo “Paco” empezó a ir poquito al gimnasio y yo vivía con una familia que me bancaba. Entonces le dije a don “Paco” que me quería ir a Buenos Aires. Le dije: “Usted no va al gimnasio. Mi padre me está mandando dinero…”. Me salía bastante mantenerme. Si nos peleábamos, no tenía entradas, y lo único que tenía era Adidas, que me daba la ropa, pero no tenía sueldo, no tenía nada. Ahí me vine y me recomendó a Juan Carlos Cuello, que era mano derecha de Lectoure en Buenos Aires. Me mandó a que me dirigieran José Meno y “Coco” Andrada, y ahí estuve como un mes y medio para competir. Entonces arranqué otra vez la otra parte de mi carrera. Estaba quinto o sexto en el ranking. Era jovencito, 21 o 22 años tenía, y venía de recuperarme del accidente. Hice un par de peleas, perdí una en la que me afanaron alevosamente y, cuando peleé contra “Pajarito” Hernández en el Luna Park, en 1986 o 1987, me dieron una tarjeta a mí y las otras dos perdidas. Pero justo “Pajarito” Hernández iba a pelear por un título a Alemania, entonces me robaron. A los tres meses me hicieron otra con “Pajarito”, una pelea en la Federación Argentina. Dos rounds. En el primer round, de diez manos, le pegué nueve. En el segundo, terminando el round, me pegó una piña en la nuca y yo me tiré de rodillas al piso pensando que le iban a descontar un punto. Yo estaba bien, no había sentido la mano. Y el árbitro me empezó a contar. Le dije: “¿Cómo me va a contar, si me pegó en la nuca?”. Cuando me estaba quejando, el rincón me tiró la toalla. Todo preparado. Cuando terminó el espectáculo, vino Lectoure con un rollito de plata y me dijo: “Tomá, un premio”. El manager mío quería sacarme el porcentaje, pero, si era un premio, era mío. Estaba todo preparado. A los dos meses se hizo la pelea acá, en Lincoln, por el título. Y, bueno, si no la gané, no la perdí. Fue en 1987. Volaban las sillas, las mesas… Se armó un cotolengo bárbaro. Había 5.000 personas en el gimnasio viejo de El Linqueño. A los dos meses peleé la eliminatoria contra Raúl Roque Bianco, que era campeón argentino y sudamericano de los Livianos, y la eliminatoria acá en El Linqueño. Gané y me tocó con Saldivia, por el título argentino, que había quedado vacante porque “Pajarito” había ido a pelear por el título de mundo. Y gané el título acá. Después hice la primera defensa en la Federación Argentina contra un marplatense.

¿Cómo te llegó la posibilidad de pelear por el título del mundo?

Hice tres o cuatro defensas y me salió la chance de pelear por el título del mundo. Quince días antes del título del mundo, me hicieron defender el título argentino contra José Magariño, porque ya habían pasado los seis meses de la última defensa. ¿Qué era esto? Una mafia; toda la vida fue una corrupción. Le gané a Magariño. Terminó la pelea y había un montón de gente en el club. El lunes fui a entrenar, el martes arranqué hacia Buenos Aires y el jueves salí para Roma, Italia. Solo, me manejaba todo solo. No tenía representante. Llegué a Roma, me fui a Génova, donde me esperaba José Mello, que me dirigía… Muy malandra, muy delincuente, prendido en todo con la corrupción. Hice la pelea contra el campeón del mundo, lo maté a trompadas y me dieron un empate. Me quería volver a la Argentina, renegando. Me dijeron que me quedara a hacer un par de peleas. Me quedé dos meses, más o menos. Salió una pelea en San Remo y, cuando ya estaba todo preparado, entrenado, todo, el día anterior avisaron que la pelea mía se había caído. Le dije a José Mello que quería irme a la Argentina y me vine. Cuando estaba acá, “Riverito”, que era el que manejaba el ranking mundial, me llamó y me dijo: “Benevent, se le confirmó la pelea por el título del mundo en Roma”. Porque hablaban conmigo; no tenía representante. Así que otra vez salí para Italia solo. Era en un hotel. En 24 horas hicieron una carpa como para 5.000 o 6.000 personas. Había dos títulos del mundo, el mío y otro más. Peleé contra un dominicano nacionalizado italiano, “Panterita” Mosquera, que era el campeón, y le gané todos los rounds. Me dieron una tarjeta ganador y las otras dos, perdedor. Me bajé llorando del ring y dije: “Nunca más piso un ring”. Me vinieron a hacer contrato por tres años. Era para hacer fortuna. Tenía que ir a Génova, a Bogliasco. Yo paraba en Bogliasco. Dejé todo, la ropa, el bolso, todo. Me vine con lo puesto de Italia. El bolsito de boxeo, la licencia, los documentos. Y ahí nomás me fui al aeropuerto y me vine. Me manejaba así, solo. Y nunca más. Llegué a la Federación Argentina, me fueron a buscar mi padre y mi madre, les dije un montón de cosas y me pidieron perdón. A mi padre, el presidente le decía: “Le pedimos perdón por el daño que le hemos hecho a su hijo”.

¿Así te retiraste?

¿Qué se yo…? La verdad es que nunca pensé que había tanta corrupción en el boxeo. “No subo más al ring”, dije. Me llamaban de la Federación, todo. Tengo los dos títulos originales; no es que yo los entregué y me hicieron una muestra. No. Me dieron los originales que yo gané. Esos van pasando de boxeador a boxeador, a los campeones. La Federación me los regaló y nunca más subí a un ring a boxear. Con Gustavo Ballas hicimos una exhibición en el club El Linqueño. Ahí empecé a hacer mi gimnasio. Estuve en varios lugares, en el club Argentino, en la calle Avellaneda… Después fui a Juventud y terminé armando todo el Boxing Club, en el que gasté una fortuna junto con el Municipio. Pero sí, me retiré a los 28 años, que es la edad justa en el boxeo. Nicolino Locche ganó el título del mundo a los 28 años. Son cosas de las que no me arrepentí. Después tuve el gimnasio acá. Preparaba chicos, renegué mucho. Tenía como 70 u 80 pibes, pero con un sueldo de morondanga. Tenía que viajar, no tenía apoyo… Tenía que comprar las cosas, no había apoyo. Después entró el intendente que está ahora y estuve dos años, y en un momento hice un viaje y me mandaron una carta en la que decía que había renunciado. Yo nunca renuncié ni nada. Me echaron de una.

¿Te gustaría volver a enseñar?

Había vuelto, después de catorce o quince años, con un chico de Vedia que me traía un médico de allá, un pibe que andaba muy bien, Fernández de apellido. Hizo cinco peleas, ganó dos títulos en Amateur, y después hubo una pelea en Buenos Aires y me avisaron el día antes. Me falló dos días y no vino al gimnasio, y le dije que lo acompañara otro. No le di más importancia. Le dije que no viniera más. Le brindaba todo, y eso que no estoy para regalar. Así que dejé. Ganó en Buenos Aires y todo, pero no lo atendí más; no quise que viniera más. Estaba para hacerlo profesional ahora.

Un punto muy importante en tu vida fue el accidente que tuviste en moto. ¿Qué recordás de eso?

Yo había comprado una Kawasaki 440. Había un amigo mío que era de acá, de Lincoln, muy conocido, Jorge Gauna, que tenía una casa de cerámicas y cosas para la construcción, muy, muy grande, en Mendoza. Y había una persona que había entrado a trabajar ahí y había cobrado una cosa mal, y me pidió si no la podía llevar a reclamar ese dinero que había cobrado mal a un lugar cerca del aeropuerto, a unos cinco o seis kilómetros de la ciudad. El día antes había caído una lluviecita y había ripio en el acceso doble mano. Se me cruzó una Apache 66. Iban tres varones y una mujer, que estaban de parranda, aunque eran las 6:00 o 7:00 de la tarde, en pleno verano. Y la agarré al medio como venía. Cuando quise frenar, se me cruzó la moto y la pata de la moto me entró por el lado izquierdo y me salió por el lado derecho. Me atravesó todo el cuerpo. Y me quebré el fémur. Estuve un día internado ahí, en Mendoza, y me trajeron en avión a Lincoln porque quería morirme en Lincoln. Yo ya pensaba que no me recuperaba más. Mi padre alquiló un avión y me trajo. Cuando llegué, en el aeroclub había como 1.000 personas esperándome. Gracias a Dios, estaba el doctor Rubén Miravalle, que me salvó la pierna. El hospital de Lincoln se portó muy bien conmigo. Y a los once meses volví a caminar y volví al ring. Tengo 24 centímetros de acero inoxidable e injertos por todos lados. No fue nunca la misma pierna, pero volví a caminar, volví al ring y gané los títulos. Hice la carrera. Me han dicho que, si no me hubiera accidentado, podría haber sido campeón del mundo. Nunca lo sabré. Pero, gracias a Dios, triunfé, hice cuatro defensas argentinas, me retiré con los dos títulos y están acá, campeón…

¿Cómo ves el boxeo hoy?

Hoy está muy bajo. A mí me llaman y me dicen: “‘Gato’, va a ir un pibe”. No, no quiero renegar. Hoy la juventud tiene otra cabeza. Además, hay muchos problemas en la Federación Argentina. También con el tema de los movimientos, de gente que no sabe. Hoy por teléfono te dan un carnet de técnico o de manager, y eso no es así. Porque está en riesgo la vida de los pibes. Los estudios, el electroencefalograma, el electrocardiograma, la radiografía de tórax, análisis, no te hacen nada… Vas, te firma un médico y ya está. Yo tenía un pibe con veintiuna peleas y no tenía licencia; era una licencia trucha que había hecho un médico de donde era él. Lo agarré yo y le hice hacer los estudios de pies a cabeza. Se me cae muerto arriba de un ring, ¿quién es responsable? Yo, cuando estuve acá en Lincoln, a todos los chicos que iban a competir les hacía hacer la licencia. A muchos los tenía que llevar a Junín. He renegado como loco con los pibes acá. Pero se hizo un título argentino del “Pi” Arnaldi y después hizo un título sudamericano, en Ameghino, de “Polo” Caceda, que tuvo mala suerte en el primer round, lo embocaron y no pudo ser campeón. Lo amo, llevo en el alma al boxeo, pero hoy la juventud tiene otra cabecita y es complicado. Me han invitado. Gracias a Dios, con mi señora he vuelto a tener contacto con muchos boxeadores de la camada mía, con Laciar, con Ballas, con un montón de boxeadores, con “Rocky” Flores, y estoy en cosas. Pero me había alejado de todo y no quería saber nada más. Ahora, con este pibe, al que le veía condiciones para hacerlo profesional y todo, me di cuenta al tiempo de que no quería renegar.

¿Cuáles eran tus referentes en el boxeo?

Referente como boxeador, me gustó mucho Gustavo Ballas. En la técnica, Gustavo Ballas era más completo que Locche, porque se defendía y pegaba. Y después, a nivel mundial, Ray “Shugar” Leonard. Más que referente, era fanático de él. A mí, el arte del boxeo me gusta. Yo hice 140 peleas y considero que estoy 100 puntos. Y hay algunos que tienen treinta peleas y no saben si dicen papá o mamá, no entendés nada de lo que dicen. Es la cabecita de cada uno. Muchos decían que yo no iba al frente. No. A mí no me gustaba que me pegaran. El boxeo es el arte de pegar y de no dejarse pegar. Hoy no hay quién enseñe. No es por nada, pero hoy, si yo tuviera la posibilidad o el apoyo para poner un gimnasio, hago un desastre. Pero hoy no puedo trabajar gratis, si un par de guantes vale $300.000 y un guantín vale $150.000. Yo ponía todo. Me apoyó mucho en su momento el intendente Fernández, pero tenía que poner todo yo. Hace poquito vendí casi $3 millones en mercadería a Río Gallegos a un amigo que tiene un gimnasio. Tengo cajas de guantes, cabezales, botas. Regalé y algunas vendí. Yo fui diez años modelo de Adidas y me daban todo.

Después del boxeo, encontraste en la gastronomía una manera de seguir trabajando…

Estuve con el tema de los carnavales, para lo que hacía las papas. Laburé mucho con eso. Después puse un puesto en la ruta, lo laburé. Ahora se lo dejé a mi yerno, se lo alquilé. Y yo estoy tranquilo ahora, descansando. Estoy bien. He tenido unos problemitas, me hice unos estudios, no me encontraron nada, de distintas cosas. Todo, 100 puntos. Pero se me inflamaban la cara, el ojo y el pómulo de un lado. Hemos ido a los médicos especialistas y no me encontraron nunca nada.

¿Pudiste hacer algo de dinero con el boxeo?

Hice mucha plata con el boxeo, pero nunca le di importancia a la plata. Manejaban todo mi padre y mi hermano. Ellos ponían negocios para trabajar, todo para trabajar. Y yo no le di importancia a la plata. Fue un error que cometí. Hoy estoy dolido, me pasan muchas cosas, no tengo mucho contacto con mi viejo ni con mi hermano. Pero medio Lincoln podría ser mío, casi. Cuando peleé contra “Pajarito” Hernández acá, un tiempo después saqué la cuenta de cuánta plata me podría haber quedado, y en ese momento eran U$S 200.000 los que me habían quedado libres. Yo no me llevé nunca un “mango” en cada pelea que hice acá. Porque yo tenía un sueldo de Adidas, tenía un sueldo de Fernet Branca, y no precisaba. Lo manejaban todo acá mi padre y mi hermano. Pero el de arriba todo lo ve. Por eso le doy gracias a Dios de que estoy bien, vivo bien, no tengo que salir corriendo a pedir nada ni a trabajar. Puedo vivir bien lo que me quede de vida, pero tendría que tener otro capital. Pero lo importante es que estoy bien de salud y no me hace falta nada. Tengo una compañera bárbara…

¿Qué te pasa cuando ves, por ejemplo, el cariño de la gente en las redes sociales con publicaciones como las de “Lincoln de Antaño”?

Me emociona mucho la gente. Es impresionante, sí. Me emociona. Y después, bueno, siempre la gente me reconoció, pero nunca tuve el apoyo que tendría que haber tenido como campeón que fui, como hijo de un pueblo… Porque esto era un pueblo. Tendría que haber tenido otro apoyo, otra cosa. Me apoyó un poco “Juancito”. Después no me apoyó nadie cuando estaba Petroni, cuando estaba Mango. Pensar que hoy de acá, de Lincoln, salga alguien con una carrera como la que yo hice, en la puta vida… No hay quién enseñe. Hoy cualquiera tiene una licencia que la Federación le da. Ponen cien “lucas” y les dan una licencia. Y sos manager o técnico. Y hay gente que no sabe lo que tiene un guante adentro. Entonces yo no me voy a poner a discutir o a esa altura. Me quedo en mi casa.