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De desarmar su primera guitarra a construir su propio bajo

LOCALES. El músico y luthier linqueño, Joaquín Pérez, repasó sus inicios, sus años de aprendizaje autodidacta y cómo ha convertido una inquietud en una profesión que hoy es parte central de su vida.

El camino de Joaquín Pérez dentro de la luthería no comenzó en un taller profesional ni bajo la guía de grandes maestros, sino desde la curiosidad, el ensayo, el error y una fuerte inquietud por entender cómo funcionan los instrumentos internamente.

En diálogo con La Posta, Pérez recuerda que sus primeros pasos estuvieron ligados con una experiencia muy concreta: desarmar su primera guitarra eléctrica. “Era una Samick negra que le compré a Damián Cosentino y la quería pintar. Para eso, había que desarmarla completamente. Ahí, con mi primo ‘El Flaco’ Gambogi, empezamos a anotar los colores de los cables, aprender de soldadura y, después, volver a armar todo”, cuenta.

Ese momento, que pudo haber quedado como una simple anécdota, terminó marcando el inicio de un recorrido que con el tiempo se volvería cada vez más sólido. “Así arranqué, desarmando, aprendiendo, metiendo mano”, resume.

Tiempo después, su mudanza a Junín fue clave para profundizar ese interés. Mientras trabajaba en el rubro de la construcción, empezó a realizar pequeñas reparaciones de instrumentos en la pensión donde vivía. Allí, rodeado de estudiantes y trabajadores, comenzó a recibir guitarras para arreglar, casi como un pasatiempo que rápidamente se volvió algo más.

“Los chicos me traían guitarras de amigos para reparar. Cambiaba clavijeros, hacía arreglos simples. Era como un juego, pero cada vez aprendía más”, dice. En ese contexto también se animó a realizar restauraciones más complejas, como la de una guitarra criolla proveniente de Iriarte.

El relato de aquellos años está cargado de anécdotas: instrumentos que se colgaban en el techo para que la dueña de la pensión no los viera, corridas para esconderlos y trabajos de pintura realizados en la vereda, muchas veces con recursos improvisados. “Había olor a pintura por todos lados. Pintábamos con poliuretano en talleres de autos, aprendiendo sobre la marcha con un pintor que también estaba medio sin trabajo. Yo le llevaba esas changas y trabajábamos juntos”, recuerda.

En paralelo, Pérez se fue haciendo cargo de las tareas más delicadas: desarmar, armar, encolar y ajustar. “Usaba colas de carpintería comunes; no conocía todavía los productos específicos de luthería que uso hoy”, repasa, dejando en evidencia el carácter autodidacta de sus comienzos.

Ese proceso de aprendizaje lo llevó a vincularse con una casa de música en la que inicialmente compraba insumos. Con el tiempo, fue convocado a trabajar allí, lo que le permitió profesionalizarse, acceder a mejores herramientas y aumentar sus conocimientos. “Ahí empecé a especializarme más, a estudiar luthería y a entender mejor el oficio”, dice.

Ese recorrido lo llevó a insertarse en una casa de música, donde accedió a herramientas, insumos y conocimientos más específicos. Allí comenzó a perfeccionarse y a comprender con mayor profundidad el oficio.

Sin embargo, el verdadero salto llegó con el paso del tiempo y la acumulación de experiencia. Luego de vivir en Roberts, donde combinó su trabajo con su faceta musical como bajista, interpretando temas de Luis Alberto Spinetta, Soda Stereo y The Beatles, Pérez regresó a Lincoln en 2013 con una idea más clara: dedicarse de lleno a la luthería.

“Ahí empecé a trabajar en serio. Vi que había demanda. Empecé a tomar trabajos, a armarme de herramientas y a montar mi taller en mi casa”, rememora. Ese espacio se transformó en su lugar de experimentación, producción y crecimiento.

En ese proceso de consolidación apareció uno de los desafíos más importantes: pasar de la reparación a la construcción. La idea de fabricar su propio bajo no solo implicaba un salto técnico, sino también creativo. “Construir un instrumento desde cero es otra cosa. No es solo arreglar lo que ya existe. Es pensar cada parte: la madera, el sonido, la comodidad, el diseño”, indica.

La fabricación de su bajo representó la síntesis de todos los conocimientos adquiridos a lo largo de los años, desde aquellas primeras soldaduras improvisadas hasta el manejo de materiales específicos y técnicas más avanzadas. Cada etapa del proceso -el diseño, el armado del cuerpo, el encolado, el mástil, la electrónica- fue realizada con dedicación artesanal.

“Es un proceso largo, de mucha paciencia. Pero también es muy gratificante. Cuando terminás, lo probás y suena, es una sensación única”, subraya. Ese instrumento no solo tiene un valor funcional, sino también simbólico: es la materialización de un camino recorrido en base a prueba y error, aprendizaje constante y pasión por la música.

Hoy, con su taller en marcha y una trayectoria en crecimiento, Pérez continúa desarrollando su oficio, combinando reparaciones, restauraciones y nuevas construcciones. La llegada de su hija Almendra también marcó un momento importante en su vida personal, acompañando este proceso de consolidación. Su historia refleja cómo, a partir de la curiosidad y el hacer, es posible construir un oficio propio. Y, en su caso, también un instrumento que lleva su identidad en cada detalle.