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Darío Cerone: “No quise cargos, quería ser bombero, trabajar codo a codo con el fuego, con el accidente”

ENTREVISTA. Uno de los históricos servidores públicos de Lincoln hoy “despunta la pasión” siendo cuartelero. Su vocación de servicio lo llevó a formar parte del cuerpo activo, y no se fue nunca más. “Cuando me preguntan ‘¿Qué es ser bombero?’, no lo puedo explicar, porque se lleva adentro. Te gusta y te gusta”, dijo.

Es un bombero de los de antes, que vio crecer el cuartel y cómo ha ido cambiando el equipamiento de trabajo. Hace trece años que se jubiló del cuerpo activo, pero hace diecinueve que es cuartelero y trabaja “24×48” en el lugar que alberga su pasión. Hoy, en las entrevistas de La Posta, Darío Cerone, el que toca la sirena y mucho más.

¿Cómo empieza tu historia?

Nací en la avenida 25 de Mayo al 400. Mi familia estaba compuesta por mi papá y mi mamá, y tengo una hermana menor. Mi papá tenía heladería y era taxista. Yo hacía algunas cosas con mi papá, pero no nos coordinábamos porque era una persona muy derecha, muy trabajadora, y yo en esa época era muy vago. Entonces, para que no estuviera tanto en la calle, me compró una motoneta y salía a vender helados en la calle. Pero, cuando me hacía unos pesitos, guardaba la motoneta y me iba a la pileta o a algún potrero, y mi papá me salía a buscar, para ver qué me había pasado a mí o a la motoneta. Mi hermana no. Ella fue más del estudio. Yo terminé el secundario en la Escuela Normal (perito mercantil) e hice un año de Ciencias Económicas. Primero no quería estudiar. Entonces mi papá llevaba maestra a Martínez de Hoz. Y, cuando terminé séptimo grado, él me llevó a estudiar a Martínez de Hoz durante tres años, hasta que en 1973 hubo una inundación muy grande y no viajamos más porque no podíamos pasar. En 1977 me recibí de perito mercantil en la Escuela Normal e hice un año de Ciencias Económicas ahí mismo, pero no era lo mío. Yo siempre dije que iba a ser militar; entonces me tocó el servicio militar en el año ’77 y, cuando fui a revisación médica, me trasladaron al hospital de Campo de Mayo. Ahí no me aceptan por mi problema de la garganta.

¿De dónde viene ese problema?

A los 4 años había una epidemia de sarampión y a mí me agarró el crup (laringotraqueobronquitis). Es un cierre total de la garganta, y era uno de los primeros casos de la provincia de Buenos Aires. El doctor Audisio y la doctora Sola me hicieron la traqueotomía, pero, como no había experiencia, entonces, en lugar de cortarme la parte de la tráquea, me cortaron la parte de la laringe, y estuve dos años mudo. Volví a hablar a los 8 años.

¿Qué hiciste cuando terminaste la secundaria?

Cuando vine del servicio militar, no trabajaba, andaba medio de vago, hacía changuitas y con eso me sobraba para tirar los sábados. Mi familia se había ido a vivir a Ameghino. Pusieron heladería, y conseguí trabajo en La Casa de los Vidrios, de Humberto Pérez. En junio del ’78 entré a trabajar en Tiendas Gálver. No quería entrar. Pedían personal con buena presencia y yo fui todo barbudo, con el pelo largo y ropa de trabajo. Pero, cuando dije que tenía estudios secundarios, me aceptaron todos los defectos y me hicieron a gusto de ellos, pero con el bolsillo. Entraba a las 8:00 y yo iba 8:10. Mi señora, Marisa, también trabajaba en Gálver y me salvaba; me hacía entrar por la zapatería para que no me retaran. El primer mes trabajé diez días y me pagaron un dinero. El segundo mes seguía haciendo mi vida. Llegaba tarde. Ese mes cobré menos que el primero, cuando había trabajado diez días. Entonces el gerente me dijo que me descontaba todos los días que había llegado tarde. Al tercer mes tenía que entrar a las 7:50 y yo iba a 7:40; o entraba a las 14:45 y yo iba a las 14:00, y ya estaba en la tienda. Y empecé a hacer carrera ahí. Tal es así, que tuve la posibilidad de que me querían trasladar, pero nunca me quise ir a Lincoln.

¿En esa época también jugabas al fútbol?

Sí, en El Linqueño. Después pasé a jugar a Juventud. Y, en el año ’83, “Juani” García me propuso dirigir la Tercera de Juventud. Yo había dejado de jugar porque tuve una fisura de menisco. En El Linqueño teníamos un equipazo; era la Tercera Especial (tenía el arquero y tres jugadores más pasados de edad). Había jugadores excepcionales como “Pantera” Petit, Daniel Trejo, “Joselo” Pacheco, César Lupino, Walter “Puma” Parra… Walter y Julio Ramírez eran chiquitos, pero ya eran unas promesas. Estaban Franco Caviglia en el arco y el “Mono” Sisto, también. Tuve el orgullo y el honor de jugar con el “Huevo” Isasi, que había terminado los estudios y era el arquero de la Tercera. Una persona excepcional que leía el partido y te ubicaba; te hacía salir cuando tenías que salir. Un fenómeno. En Juventud jugaba 20 minutos y, por la rodilla, no podía más. Pero al amor por el fútbol siempre lo tenía, y “Juani” me propuso dirigir la Tercera de Juventud. A la Primera la dirigía “Chichilo” Zunino. Yo siempre fui el loco de leer mucho fútbol, mirar mucho fútbol; no me importa quién juega, sabiendo que están jugando al fútbol. Hoy miro Inglaterra, miro España, miro la B, miro la C, miro el Argentino A. Y saco conclusiones, que es lo que me apasionó toda la vida. Entonces fui a Juventud. En ese tiempo había jugadores grandes. Entonces la propuesta que le llevé era que yo quería todos jóvenes. Y empecé a trabajar con todos los chicos. Estaban Gerardo Silva, que es un chico que falleció; Alejandro Gauto; Mario Martínez; Walter Lezcano; Darío Bihurriet. Y llevé a Carlos Barbuto y Oscar Alcázar, uno de “2” y el otro de “6”. Entonces ahí tenía dos tipos que se hacían respetar, porque los demás clubes tenían gente grande y te querían llevar por delante. Siempre dije que en el fútbol hay una columna vertebral y cada jefe de esa columna tiene que ser el caudillo. El arquero, uno de los dos centrales, el “5”, y, arriba, el “9” o el “10” tienen que ser los caudillos. Yo veo el fútbol de esa manera.

¿Cuántos años estuviste en Gálver?

Casi nueve años. Y me fui porque no quería que me trasladaran. Me nombraron, algo que no existía en Galver, tercer encargado. Cuando el gerente se iba de vacaciones, el segundo encargado pasaba de gerente y a mí me ponían como segundo encargado. Era para ir a prender las luces y las vidrieras, para ir a bajar las persianas, para ir a abrir a veces la tienda. Y, cuando se iba el segundo encargado, yo quedaba de segundo, con el gerente, para hacer los mismos trabajos. Me recorrí toda la tienda. Entré en la parte de ropería, que era la parte de ropa de hombre, pero a la semana ya estaba en tejido, con las telas. Al poco tiempo ya estaba en zapatería. Después me encargaba de los sótanos. Por ejemplo, cuando venían las ventas, colegial, cuando llegaban los delantales en octubre o noviembre, yo clasificaba todo. Además, hacía los balances. Llegó un momento en el que en la tienda teníamos mejor sueldo que un empleado de banco. Estuve en la parte de escritorio… Lo cómico fue el primer día, cuando llegué con el traje y me dieron una escoba para barrer la vereda. Arranqué a las 8:00 de la mañana y a las 12:00 había llegado a la esquina. Con cada amigo que pasaba me ponía a charlar. Para la tarde me metieron adentro y me hicieron lavar los baños, para que no tuviera contacto con nadie. Yo no tenía problema, porque he hecho todos los trabajos. El problema fue que Gálver me quería sacar de gerente. En el año ’82 me casé y, antes de casarme, bajó el inspector general a pedirme por favor que no me casara. Porque tenía la carrera en Gálver. Y le dije: “No, yo me caso”. Pero era para que no me trasladaran, y no me trasladaron. Al final me ofrecían el traslado a Los Toldos. El primero había sido Córdoba, a una sucursal nueva que abría; después, a Posadas (Misiones). Como les decía que no, me querían mandar a Santa Rosa (La Pampa). Y después me querían mandar a Los Toldos. Y estoy seguro de que, de ahí, después iba a Trenque Lauquen o algún otro lado. Había veintidós sucursales; era muy grande.

¿Adónde fuiste a trabajar después de Gálver?

Abrió el supermercado Mayo, la firma de los Fandos, y de Ramos y Perdomo, y me fui a trabajar ahí. Pero con una condición: que los sábados por la tarde no trabajaba, porque iba a jugar al fútbol. En la tienda tenía un arreglo hecho. Yo seguí toda la campaña de Sarmiento de Junín cuando ascendió, con Luis Ramos, que era mi compañero en Gálver. Nos dejaban salir a ver el partido en Junín cuando jugaba de local, y nosotros cerrábamos a las 14:30. Pero a las 12:45 nos dejaban salir, porque a la 1:00 salía el colectivo. Pero en el supermercado trabajé en reposición. Después me pasaron a fiambrería. Hasta que un día tuve un choque con uno de los dueños. Hoy soy una persona tranquila. Antes no era tranquilo; se me salía la cadena. Así que discutí con el encargado. Yo manejaba el camión, íbamos a Buenos Aires a buscar mercadería y me bajé del camión como chofer. Entonces fui medio penado. Pero yo veo la pared y me la choco. Entonces me dijo que, si no viajaba a Buenos Aires, me iba a ir solo. Y yo no me iba a ir; no me fui. Entonces echó a mi señora, que también trabajaba ahí, porque a mí no me podía echar. Yo era del sindicato, del Centro Empleados de Comercio. Vino a echarme y, cuando preparó todos los papeles, le dije que se iba a arrepentir si me echaba. Entonces me dijo que no los amenazara. Como estaba en el sindicato, me tenía que indemnizar por todo el lapso que yo estaba dentro del Centro Empleados de Comercio, por el mandato que yo tenía. Entonces no me echaron y me dejaron de encargado de depósito. Un día llegó el camión con 6.000 kilos de azúcar en paquetes, me lo hicieron bajar todo en el depósito y después me lo hicieron subir al primer piso, para que me fuera. Y yo no me iba. La cosa es que le fue mal al supermercado: a los dos años lo compró Omar Bianchi. Y yo tenía el problema de que tenía que salir para los incendios. Cuando entró Omar Bianchi, hizo una reunión. Yo ya me estaba enloqueciendo con Bomberos. Me gustaba Bomberos, de alma. Entonces, cuando Bianchi preguntó si alguien tenía algún problema, yo levanté la mano y dije: “Soy bombero voluntario”. Entonces me contestó: “Ah, con vos tenía que hablar, porque sobre eso…”. “No, no”, le dije. “Yo te quiero explicar, si llega a tocar la sirena, yo me voy, porque soy bombero voluntario”. Y él me respondió: “Por eso quería hablar con vos, para explicarte que, cuando toque la sirena, se va a complicar…”. “No, no, no”, lo interrumpí. “Vos no me entendiste. Yo, toca la sirena, y me voy. Si vos tenés que tomar medidas, cuando vuelva, tomás la medida. Yo no te voy a pedir permiso para irme. Yo me voy”. Así que, cada vez que tocaba la sirena, hasta él mismo me avisaba: “Darío, la sirena”. Me iba, pero no tenía problema si después de la vuelta tenía que quedarme una hora más.

¿También fuiste utilero en el club El Linqueño?

Estaba en el “súper” y me llamó Sergio Bracken, que era el presidente del club, porque necesitaba un utilero. Y ahí me fui: año ’90, más o menos. Agarramos una época muy difícil. El club estaba muy caído, Sergio lo quiso levantar, pero costaba mucho. Había gente que ponía plata de afuera para traer algún jugador, pero no te compraban camisetas, no te compraban nada. Tenía cinco categorías que manejar y tenía cuatro juegos de camisetas. Entonces terminaba de jugar el sábado y salía a lavar la ropa de la Quinta División para que jugara la Tercera el domingo, con secarropas, con estufas, con lo que fuera. Después vino la época linda y se empezó a acomodar. Estuve casi cinco años, pero nos mató la inflación. Yo había arreglado un sueldo con un contrato por cinco años y los primeros meses era muy buena plata. Pero, a los dos años, ya no. Y no me quedaba margen para trabajar, porque yo estaba de lunes a lunes, iba a los entrenamientos, había veces en que viajaba con el básquet… Entonces, mi papá, que era taxista, me ofreció el auto, e iba a la parada de taxi desde las 10:00 de la noche a las 6:00 de la mañana. Y al otro día, otra vez, en el club. Entonces veía que mi situación económica no daba pie con bola. Hasta que un día me di cuenta de que la diferencia estaba en el club. Me absorbía mucho tiempo para no ganar lo necesario para vivir. Entonces lo dejé y me dediqué de lleno al remís. Era taxi, primero. Después empecé a trabajar de chofer con Enrique Ledestre, con las combis, hasta que en un momento se me rompieron los autos y me quedé sin nada. Fue a la remisera don Haroldo Cardinal, dueño de estancia “La Victoria”, a pedir que un auto lo llevara hasta la Ford, para buscar un auto que él tenía roto, y preguntó cuánto le cobraba un chofer para manejar el auto de él hasta Buenos Aires. La agencia le pasó una plata, como si le mandara con el auto de la agencia. Entonces, cuando yo lo llevé, me dijo: “¿Y vos no me llevás a Buenos Aires? ¿Cuánto me vas a cobrar?”. Entonces le pasé el porcentaje de lo que me pagaría la agencia por llevarlo a Buenos Aires con un auto de la agencia. Me respondió que “sí” y le dije que, además, me tenía que pagar el pasaje y la comida, y que yo nunca había ido a Buenos Aires, a Capital. Fuimos y la verdad es que don Haroldo me atendió de primera. Me pagó el viaje, me dio una propina, me pagó la cena, me pagó el taxi hasta Retiro y el micro. Y después él se dedicó a buscarme clientes. Entonces no trabajé más de remís y empecé a ser chofer personal. Tenía más de 60 clientes, cada uno tenía su auto y yo les manejaba. A don Haroldo, a su hermana, a los hijos… Después empecé a manejarle a la familia Lacau, de “La Suerte”, a “Mitikile”, “Rafa” Llorente, a los Pereda. Tuve la suerte de entrar en la Escuela del Alba y ya estaba de chofer. El dólar, uno a uno. Entonces me decían: “Las nenas quieren ir a al teatro a ver ‘Chiquititas’”. Cargábamos a todos los chicos, los llevaba a Buenos Aires, los dejaba en el teatro, terminaba la obra, los esperaba y los traía a Lincoln. En un momento le dije que le tenía que aumentar un poquito y él me respondió: “Mire, Darío, yo a usted no le pago porque maneje el auto; yo le pago la confianza y la tranquilidad que yo tengo, cómo me cuida los chicos, cómo maneja. Porque, manejar, manejamos cualquiera. Pero usted lo hace muy bien”. Hasta el día de hoy, que falta don Haroldo, falta la hermana y hay una hija de la señora Elina que todavía me llama. Ahí me hice fama de chofer y ahí empecé a trabajar. Hasta que un día, viajando a Buenos Aires en la combi de Bomberos, el jefe de Bomberos, que en ese momento era Fernando Sanz, me dijo que se jubilaba Rubén Guardia, uno de los cuarteleros, y si no quería entrar de cuartelero. Entonces le pregunté si, por mi problema en la voz, se iba a escuchar bien el handy. Me dijo que sí, así que en el año 2007 entré. Y va a hacer diecinueve años que soy cuartelero. Fui bombero activo hasta el 2013, cuando me jubilé con 26 años de servicio, pero seguí de cuartelero. Seguí tres años más de bombero, ya jubilado, porque te pasan a la Reserva cuando cobrás la jubilación. Pero estuve casi cuatro años sin cobrarla y, cuando salió, automáticamente me pasaron a la Reserva. Ya de Reserva se me cayó toda la estantería, porque mi pasión era salir a los incendios. En los últimos cuatro o cinco años salía de chofer.

¿Cómo entraste a Bomberos?

Cuando no entré al servicio militar, pasó un lapso en el que quería entrar de policía. Yo quería estar en un servicio de seguridad. Mi mamá me decía que no, así que quedó. Empezó a pasar el tiempo y, cuando fui a dirigir Juventud Unida, uno de los que llegaron fue Abel Alcázar. Abel, más fanático que yo de Bomberos, y era bombero. Entonces, en el año ’88, fines del ’87, yo estaba trabajando con el fútbol y se me dio por preguntarle qué había que hacer para ser bombero. “Vamos para el cuartel”, me dijo. Yo ya tenía 28 años. Así que me llevó al cuartel. Nunca me voy a olvidar de que, cuando llegamos, era la tardecita y estaba Jesús Villalba, que era el jefe, paradito al lado del mástil. Le comenté que quería ser bombero. Y él me dijo: “Acá, para ser bombero, hay que ser loco, pero no tocar timbre en la plaza. ¿Qué te quiero decir? Que hay que ser arriesgado, pero sabiendo que no te vas a quemar”. Esas fueron sus palabras. Me hizo ir más de un mes a cebar mate todas las tardecitas y después me dieron un manual de 100 preguntas. El 1 de mayo me tomaron el manual. Tenía que decir 60 preguntas y di 69 bien, y ahí me nombraron bombero. Entré el 4 o el 5 de mayo del año ’88. Me queda muy registrada esa fecha porque mi hijo nació el mismo año, así que mi hijo va a cumplir 38 y yo hace 38 que estoy en Bomberos. Cada vez me gustaba más. Yo siempre fui un aficionado de todas esas cosas. Cuando estuve en la Escuela Normal, había hecho un curso de primeros auxilios. Siempre hacía esas cosas porque me encantaban. Cuando entré de bombero, el jefe era Jesús Villalba. Y, de él para arriba, pasé por todos los jefes. El único fue Cayetano Gandolfo, que fue el primer jefe que yo no tuve. Después estuve con todos los jefes. Y, hasta el día de hoy, amo la profesión. La nueva ley que hay en Bomberos dice que, hasta los 60 años, si hubiese querido, podía estar trabajando. Pero después de esa edad no podía actuar más como bombero ni manejar un vehículo de Bomberos. Entonces estoy en el otro sector. Yo me ofrezco a hacer los asados, a hacer los chorizos, cuando hacen los chanchos móviles, porque me gusta estar relacionado con el cuartel. Y tengo la suerte, porque yo hace dos años me jubilé de empleado de comercio, porque el cuartelero tiene un sueldo de empleado de comercio. Los únicos pagos son los cuarteleros, pero te obligan a hacer 24 por 48 horas. Entonces tuve la suerte de que, con los aportes de Gálver y los de tantos años de empleado de comercio como cuartelero, cuando cumplí los 65, me jubilé de cuartelero. Ahí les pregunté al presidente y el tesorero qué hacía, si me iba o me quedaba. Y me dijeron: “¿Qué querés hacer vos?”. “Y yo quiero quedarme”. Así que hasta el día de hoy sigo en el cuartel y voy como si fuera el primer día. Mi horario es de 8:00 de la mañana a 8:00 de la mañana del otro día, y yo voy a las 7:30 de la mañana y me quedo hasta el otro día a las 8:30.

¿Cómo es la función del cuartelero?

Hay que estar las 24 horas pegado al teléfono, a la gente que va y a todo el movimiento del cuartel. Sería como el dueño del cuartel por 24 horas. Entro y ya pasa el jefe a ver si hay alguna novedad. Viene el presidente, por ahí vienen algunos chicos. “Darío, después avisale que se cortó la soga de la motobomba”. Y todo así. Entonces sos el eje del cuartel, lo que sea, no solamente del servicio de Bomberos, sino también de todo lo que tenga que ver con el cuartel: el mantenimiento, que no falte nada dentro de las 24 horas… Hoy son 53 bomberos. Somos 22 o 23, más o menos, los bomberos jubilados. Pero, de los jubilados, son poquitos los que van. Muchos se lo han tomado como que se jubilaron y ya está. Y, si vos lo llevás adentro, no está; vos tenés que estar en el cuartel. A mí me llegan a llamar ahora del cuartel porque necesitan un chofer y voy. Yo tengo carnet profesional todavía, por si me precisan. En el año ’94 había una ambulancia en el cuartel y hay una ley según la cual un bombero no puede poner oxígeno, ni una inyección. Entonces estudié enfermería; soy auxiliar de enfermería, para andar en la ambulancia. Es mi pasión. He hablado con Abel, que era jefe cuando me ascendió de bombero a subayudante. Y yo no quería cargo; yo quería ser bombero. Mi pasión era ir a apagar los incendios, trabajar con una víctima. No era sentarme en el camión y empezar a dar órdenes. Por eso tuve unos choques dentro del cuartel, por no querer estudiar. Yo iba a las capacitaciones, pero, cuando había que rendir examen para subir de jerarquía, yo no iba. Yo me siento capacitado para atender una víctima, para hacer RCP, para atender una quebradura, para atender una quemadura. A eso lo tengo totalmente perfecto. Pero a mí me gusta estar trabajando en el servicio. Me jubilé con el segundo cargo de suboficial, ayudante de Primera, cuando hoy la mayoría se está jubilando de subcomandante mayor, de comandante… Yo no quise cargos; yo quería ser bombero, trabajar codo a codo con el fuego, con el accidente. Eso me apasionaba.

¿Recordás algún servicio que te que te marcó?

Hubo un accidente en la ruta 188, a unos seis o siete kilómetros de la rotonda, hacia el lado de General Pinto. Un camión lechero iba para el lado de Pinto y cruzó la ruta para meterse en un campo, y un auto que lo venía pasando se metió debajo. Lo que más me impresionó de todo no fueron las víctimas. Había un hombre, una mujer y tres chicos. Mi hijo en ese momento tendría unos 3 años, y la nenita que lloraba a la par de la madre la abrazaba y le decía: “No te me vas a morir, mamá”. Y a mí se me hizo que era mi hijo. Entonces le dije a Abel que no podía trabajar y me mandó a la camioneta. Me senté y fue eso. Me tuve que tranquilizar; quedé muy conmovido. Y otro fue mi primer accidente. Un auto chocó el tren en la zona en que hoy está Cargill. Mi papá me había llamado diciéndome que venía a Lincoln. Él tenía un Peugeot azul. Cuando llegamos al accidente, vimos un auto azul que no se reconocía. Le dije al jefe que mi papá venía de Ameghino en ese momento y él me contestó: “Contá hasta diez, tomá aire y hay que trabajar”. Cuando llegué, me bajé, hice fuerza y, cuando llegamos, di la vuelta detrás del auto. Y en la tapa del baúl se notaba que decía Renault 18, y mi papá tenía un Peugeot 504. Esas fueron las dos veces en que me tocó muy adentro. Siempre el jefe que iba a cargo decía que nosotros no somos culpables de lo que pasó; nosotros vamos a solucionar, a ver qué podemos hacer. Porque, si vos salís mentalizado del cuartel en “¿Cómo estarán?”, “¿Qué pasó?”, “¿Habrá vidas?”, “¿No habrá vidas?”… No somos culpables. Y después me tocó un accidente muy grande, la familia Biffi. Los colectivos de la noche del día de Lincoln que se chocaron los colectivos con el tren por la niebla. Ese día había dos dotaciones que estaban en Arenaza, porque se había quemado el hospital, el jefe era Fernando Sanz y acá habíamos quedado cinco bomberos. Después, incendios grandes, como el club El Linqueño, el Club Jorge Newbery, incendios grandísimos y muchísimos accidentes. Gracias a Dios, uno se fue haciendo, tomando experiencia, y el curso que había hecho de enfermería me fue ayudando.

Hoy llegan chicos al cuartel que quieren ser bomberos y muchas veces los atendés vos. ¿Qué les decís?

Se les da una solicitud de ingreso. A nadie se le dice que no. Cuando empiezan a leerla, solos se dan cuenta. Lo único que les digo es que esto te lleva tiempo, nada más. No les digo si es feo o es lindo, porque hemos tenido chicos que parecía que no iban a andar y son unos señores bomberos, y hay otros que parece que se van a comer el cuartel y no funcionan. Cuando me preguntan “¿Qué es ser bombero?”, no lo puedo explicar, porque se lleva adentro. Te gusta y te gusta. Tuve la suerte de que, poco tiempo después de estar en Bomberos, con Fabián Carmisciano y con “Carlitos” Travella formamos la primera escuela de cadetes. Hoy tengo el orgullo de que dos o tres jefes pasaron por la jefatura del cuartel y salieron de la escuela de cadetes. Hoy, por ejemplo, Oscar Accardi salió de la escuela de cadetes, y Oscar es para sacarse el sombrero, porque es una eminencia. Sabe de todo, pero se fue profesionalizando. Él fue hasta instructor de la Federación. Pero Oscar es un tipo que es muy tranquilo, aunque parece que es una pólvora. Es muy tranquilo, muy capaz, sabe los reglamentos, sabe todo. Es un tipo que está seguro de lo que hace, no titubea. Y otra cosa muy grande que tiene Oscar, que yo noté en un caso en el que yo tuve un incendio medio complicado, es que te consulta. Por ejemplo, a veces habla conmigo y me dice: “¿Qué te parece, ‘Gordo’? ¿Qué te parece esto? ¿Qué te parece lo otro?”. Ayer tuvimos un incendio para al lado del camino viejo a El Dorado. La persona que llamó me dijo que había que agarrar el camino viejo que va a El Dorado y había que doblar en la segunda bocacalle, a la izquierda. Salió un camión y nos vamos a conversar con Oscar. Entonces le dije: “‘Oscarcito’, está lejos. ¿Por qué no mandamos otro móvil? Porque, cuando llegue el otro, nos van a pedir el móvil y perdemos media hora”. Y mandamos una camioneta para que no se nos encajara en el campo, con una diferencia de 20 minutos. Son cosas de las que charlamos entre nosotros y que la experiencia te va dando. Si tengo un incendio en una vivienda acá, no organizo la gente, pero le organizo los camiones. Siempre sale el 28. Mando el 28 y un cisterna, porque es, ponele, en el barrio La Rural. Entonces, hasta que llega y te pide el otro, ya regalaste 15 o 20 minutos. Y ese tiempo, en un incendio de una casa, es mucho. Al campo, se quemarán dos hectáreas más, dos hectáreas menos. Pero una casa no, porque se te puede agarrar la de al lado.

¿Qué hacés cuando suena el teléfono para una salida?

Cuando te llaman, automáticamente… La experiencia te hace. Al principio, no; te pedía tu número de teléfono y te volvía a llamar para certificar el llamado. Hoy ya palpás la voz de la persona. Me han pasado casos en los que te llama una persona y te dice: “¿Tendrán algún móvil disponible?”. Entonces, a ese sí le pido el número de teléfono y lo vuelvo a llamar para verificar. Porque te da la duda el que esté tan tranquilo. Ahora, el otro es todo gritos. “Cálmese, señor. Dígame dónde, qué pasó. ¿Hay gente atrapada? ¿No hay gente atrapada?”. Entonces ahí, cuando tenés todo aclarado (dónde, qué es, qué riesgo hay), voy a un micrófono y toca la alarma interna, que es de los handy. Suenan los 53 handy y tiro la alerta. Por ejemplo, 1 es accidente; 2 es un incendio dentro de la ciudad; puede ser un auto, puede ser un terreno, puede ser una casa; y 3, campos. Si tiro el 5, es presentarse en el cuartel. Entonces, tirás la alarma, y ahí te das vuelta y tocás la sirena. Hago tres toques de sirena. No tienen nada que ver los toques de sirena, porque muchos dicen: “Sonó dos veces. Es un terreno”, “Sonó tres veces. Es un accidente”. Yo toco tres porque a veces hay mucho viento, como ayer. Hay chicos que a lo mejor entraron en la clínica y bajaste el volumen del handy, o va a un banco y lo apagaron, para escuchar la sirena. Y otra cosa que muchos me preguntan es por qué siempre tocamos la sirena cuando hay un incendio. No es que llamamos a nuestros bomberos por la sirena; es para que sepa el pueblo que hay un vehículo de emergencia en la calle. Un alerta a la sociedad. Por eso es sagrada la sirena. Lo que se dejó de tirar fue la bomba. Cuando yo entré al cuartel, tirábamos una bomba de 24 petardos. No había la cantidad de handy que necesitábamos. Entonces, se hacía el llamado por handy, que eran 2 o 3. Se tocaba la sirena y, por la posición del viento, tirábamos la bomba.

Y hoy, cuando estás en tu casa y suena el handy o la sirena, ¿qué te pasa?

El handy llama, tira la alerta, y yo me quedo escuchando. Termina la alerta y te hacen pasar a la frecuencia 2. Porque una es el llamado y la otra es la que se usa en el lugar del trabajo. Yo acá lo paso a la frecuencia de trabajo. Y, si veo que algo está complicado, un incendio muy grande, me voy para el cuartel, aunque sea a prepararles café a los chicos, preparar la heladera con agua. No sabés, pero vos estás ahí. Así esté de gusto, estoy ahí. Por ahí te dicen que habría que ir a buscar agua porque no hay o habría que ir a buscar yerba. Entonces voy a hacer el mandado. Cuando veo que es algo grande, arranco. Como estoy a tres cuadras… Antes estaba en el Fonavi; ahora estoy a tres cuadras.