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César Lupino: “Yo no iba a ser zapatero”

ENTREVISTA. Uno de los oficios más antiguos tiene en Lincoln un apellido que ha quedado como referencia. Hoy son pocos quienes arreglan calzado y, en el barrio Obrero, casi enfrente del ombú (del nuevo ombú), está el taller de Lupino, que, con su hijo, es uno de los pocos que mantienen una tradición familiar. “Yo puedo renegar con el zapato, no con una persona”, contó César.

Es uno de los pocos zapateros que quedan en Lincoln, manteniendo una tradición que iniciaron su padre y su tío, que continuaron su hermano y él, y a la que hoy los hijos de ambos prosiguen. Un símbolo del barrio Obrero ha luchado por él y logró establecer su taller en el mismo lugar donde tiene la casa en la que vivió siempre. Hoy, en las entrevistas de La Posta, César Lupino: “Zapatero, a sus zapatos”.

¿Desde chico sabías que ibas a ser zapatero?

No. Yo nací en Lincoln en 1963, en el barrio Obrero, y sigo acá. Tuve la oportunidad de comprar la casa de mi viejo, pero yo no iba a ser zapatero. Mi viejo y mi familia fueron todos zapateros (mi tío, mi hermano, todos). Mis abuelos vinieron de Italia y mi viejo era muy chiquito, o estaba embarazada mi abuela, cuando vino. Después ellos se hicieron zapateros. Y yo no iba a ser zapatero. Estaba con “Carlitos” Laurens en la tapicería. Estaba bien, nos habíamos hecho muy amigos, muy compañeros. Mi viejo se jubiló, y mi hermano estaba con él y me preguntó qué iba a hacer, ya que él no iba a trabajar más. Si nos quedábamos los dos, o se quedaba mi hermano solo. “No, regalásela a él. Yo no voy a ser zapatero”, le dije. Así que seguí trabajando con “Carlitos” Laurens, hasta que me fui al servicio militar, en la época de la guerra de Malvinas, en 1982. Entré en enero del ’82 al servicio y la guerra empezó en abril, así que estuve incorporado en Moreno, en la Octava Brigada Aérea, y después de que salí del servicio, en el que estuve catorce meses por el tema de la guerra, volví a la tapicería, porque había muchos amigos y me guardaron el trabajo.

¿Entonces empezaste a trabajar desde muy chico?

Por desgracia, mi mamá falleció cuando yo tenía 12 años. Entonces, lamentablemente, salí a trabajar desde muy chico. Terminé la escuela primaria y me dediqué a trabajar, porque no alcanzaba la plata. Entonces me quedé solo con mi papá, porque mi hermano se fue a la casa de la novia. Mi viejo vivía en la zapatería, y lo que siempre le agradezco a mi hermano es que un día me agarró y me dijo: “¿Qué vas a hacer de tu vida? Porque en la calle no vas a andar. Tenés que ir a trabajar o a estudiar”. Yo tenía 13 años entonces y a mí estudiar nunca me gustó. Entonces, por intermedio de un novio que tenía mi prima, me consiguieron el trabajo en una carpintería. Iba medio día a la escuela y medio día a la carpintería a trabajar. Estuve un año y “pico”, y ya después fui a pedir trabajo en Palau y Conde de cadete, para limpieza. Era un buen trabajo, estaba limpito, tenía un buen sueldo. En ese tiempo rendía la plata. Mi papá, si bien en casa no alcanzaba, nunca nos pidió la comida. Yo me compraba la ropa; si quería una bicicleta, me la compraba. A todos los gustos me los daba, pero con mi plata. Si llegaba algún día a necesitar algo, mi viejo estaba ahí. Ahí trabajaba “Carlitos” Laurens, y me hice amigo. Yo era pibe y él era más grande. Y me dijo: “El día en que me ponga la tapicería te voy a llevar a trabajar conmigo”. Y a mí me daba pena irme de Palau y Conde; era un trabajo lindo. Había que trabajar, como cualquier cosa: tenía que limpiar los vidrios, los tractores, los pisos, los baños, hacer los bancos… Me mandaban a todos lados, y era un pibe. Pero acepté y me fui a trabajar con él. Les avisé a los patrones, por si algún día necesitaba volver, por lo menos quedaba bien. Y me fui con “Carlitos”.

¿Cuándo te decidiste por la zapatería?

Estuve un año y “pico” en la tapicería, y un día le dije a mi viejo: “No sé si no me voy a poner de zapatero…”. “Y, si te animás, yo te ayudo”, me contestó. Porque ya se había jubilado. Él era fanático de la zapatería y vivía dentro de la zapatería. Entonces consiguió de un tal Notti, Pedro Notti, que tenía una zapatería desarmada. Tenía todo: estanterías, máquinas, todo lo que necesitaba el negocio, pero sin local. Yo tenía en ese momento un Fiat 600. Era el año ’83 y mi viejo le ofertó el Fiat 600 por las maquinarias. Y sí, lo agarró y me lo cambió por la zapatería. Me faltaba práctica, porque había palpado el trabajo de zapatero, porque nos criamos entre los zapatos. Yo sabía muchas cosas, pero no tenía el trabajo manual, no tenía la práctica. Porque vivía siempre mirando o me mandaban a lustrar, o a buscar mercadería. Entonces mi papá habló con “Antonito” Celis, que tenía zapatería en la calle San Martín, para ver si me dejaba ir a su zapatería, porque mi viejo ya no tenía zapatería y mi hermano no era de enseñar. Él, más vale, me quería ayudar poniendo una tapicería, pero no zapatería. Y “Antonito” dijo: “Que venga mañana, acá tiene toda la zapatería”. Y me fui. Trabajaba medio día, y medio día en la tapicería, para ir juntando plata para los materiales. Estuve más de un año con él y ahí agarré la mano. Lo único que puedo decir es que Antonio fue un maestro, porque que te den los zapatos sin haber trabajado antes no es fácil… Hoy me costó a mí darle los zapatos a mi hijo Matías para que los haga. Porque tenía que empezar limpiando, lijando, y vas sumando cosas. Él me dijo: “Acá tenés la zapatería. Hacé lo que vos quieras”. Y yo tenía conocimiento, pero no tenía práctica. Y así arranqué.

¿Cuándo arrancaste solo?

Cuando me conseguí un local. Mi suegro me consiguió un local en Roque Sáenz Peña y Güemes, en el año ’85, en la esquina, y arranqué. Abrí a las 10:00 de la mañana, cuando me dieron la luz, y a las 11:00 entró el primer zapato. Entré sin nada, pelado. Había una ventana por la que se veía la vereda y, cuando veía que venía alguien, agarraba el martillo y empezaba a hacer ruido, como que estaba trabajando. No tenía nada más que los zapatos míos. No tenía ni un zapato para arreglar. Desde ese día, no se cortó nunca. Fue un 5 de marzo del ‘85. Gracias a Dios, me fue muy bien. Tuve la oportunidad de entrar en Obras Sanitarias, pero me iba tan bien con la zapatería, que no acepté. “Me quedo trabajando acá solo”, dije. Y me gustaba; ya le había tomado cariño. Allá tuve trabajando a los chicos de Esnaola. Jorge, pobrecito, tuvo la desgracia de que se chocó un camión en la moto y murió. Y también estaba el “Vasco”, que después tuvo zapatería, pero dejó. Le iba bien, pero le agarró la veta a llevar gente a Flores y a Once, y hace muchas comisiones. Entonces dejó…

¿Cuándo mudaste la zapatería al barrio Obrero?

En el año ’98 tuve la suerte de poder comprar acá. Yo ya estaba viviendo, porque había comprado un departamentito para que mi viejo tuviera dónde vivir. Y me había dado para mí, que ya estaba casado, y él estaba solo. Me dio la casa para que yo viviera más cómodo y, con el tiempo, la pude comprar. Saqué un crédito hipotecario, la compré y fui pagando durante veinte años. Y fui haciendo la zapatería, porque, si pagaba el crédito, no podía pagar el alquiler del otro local. Entonces tenía que venir, quisiera o no. Así arranqué, con un pedacito chiquito.

¿Cómo es la labor diaria?

Este es un trabajo en el que tenés que estar todo el día adentro; no es fácil. Entonces, gracias a Dios, hasta el día de hoy, hace 41 años que estoy trabajando bien y nunca nos faltó el trabajo. Ahora estoy con mi hijo. Él no quiso ir a trabajar a otro lado y le gustó esto, e irá a quedar él. Lo que tiene este trabajo es que soy independiente. Cuesta. Si vos querés tener algo, tenés que trabajar más horas, pero es tuyo. Te va a ir bien, te va a ir mal, vas a invertir y no vas a tener plata, pero es tuyo. Nadie te va a mandar. Si alguien viene con mal carácter, yo no le voy a decir nada. Pero, solito, se va a quedar sin zapatero, porque yo no voy a venir a renegar con una persona. Yo puedo renegar con el zapato, no con la persona. Y tampoco te podés enojar con la gente; al contrario, toda la amabilidad posible para que nunca te falte y para que el cliente también te perdone. Porque a veces hay cosas que no te salen del todo bien. A veces, por algo, pegás un zapato, una zapatilla, un botín, y se despega. Hay que tener la mejor onda para volver a hacerlo. Puede haber fallado; uno es humano. Pero tenemos esa tranquilidad de poder atender bien a la gente, y por eso tenemos tanto trabajo para hacer. Viene gente de todos lados.

¿Sentís que es una profesión que se está perdiendo?

Se pierde… Hoy están mis sobrinos, que ojalá sigan y lo puedan mantener, porque es un lindo trabajo. Todos los días tener un pesito. A lo mejor no tenés la suerte de decir: “Llego a fin de mes y cobro tanta plata”. Pero va en el día a día. Puede haber días buenos y días malos. Al no haber zapateros como en el tiempo en que yo abrí, cuando habría como dieciocho o veinte zapateros, eran un montón… Mucha gente grande trabajaba de zapatera. Yo era pibe, pero ellos seguían trabajando. Hoy en día, no, ya no quedan los grandes. El único que queda es el profesor que vive, que está bien, gracias a Dios, pero no trabaja más, porque en la época de la pandemia lo sacaron del negocio. Está Ponzo, que es un hombre que ya no está más en el negocio; está en la casa y hace algunos trabajitos. Nosotros hacemos todo lo que podemos. Yo me dedico más al zapato, la zapatilla y el botín, no tanto a los bolsos y las mochilas, porque todo no puedo abarcar. A mí me gustan más el zapato, la zapatilla, el botín, la bota, inventar, ver si le puedo solucionar el problema a la persona… Hay botas o cosas que son caras, que no pueden comprar, o las necesitan, y uno le busca la vuelta para ver si puede solucionárselo para que pueda seguir un tiempo más. Ese es el trabajo del zapatero.

¿Cómo has visto la evolución del zapato desde que arrancaste hasta ahora?

Cuando empecé con la zapatería, hacía cinco medias suelas y tacos por día. Había mocasines, zapatos de mujer, sandalias, se hacía mucha suela. Hoy en día, la suela brilla por su ausencia. Ni olor a suela hay acá. Porque no hay. Yo necesito un pedacito de suela. Por ejemplo, el doctor Miguel Stola usa mucho zapato de suela y un día me trajo cinco pares para que le hiciera, pero es único. Lo hacés y después está cinco años sin venir. La que mueve la suela es poca gente. Ahora es todo de goma, todo importado. Hay muchos zapatos por los que no le hacemos gastar a la gente, porque no se justifica. Porque a lo mejor está más barato en el negocio que lo que uno tiene que hacerle.

¿Las herramientas y máquinas para trabajar han cambiado?

Es el único rubro en que no cambian. A la máquina de coser mía la puede tener alguien más nueva, pero no es otra cosa. Se siguen fabricando las Singer. Ahí tengo la que era de “Antonito” Celis, que le compré porque no quería que se la comprara nadie y me la vendió. Esa es la más nueva que hay, debe ser en la zona, y tiene 50 años. Y es igual que la otra mía que tiene como 80 y es exactamente igual. Cambian los modelos. La única ventaja es que esa y la mía todavía tienen arreglo, todavía se consiguen repuestos. Pero, después, una máquina pulidora, que es la de hacer todo el trabajo en la suela, sigue siendo todo lo mismo: es un eje con cepillos. Lo único que cambiamos es que, en lugar de tener un calentador, calentamos con la pistola, que da calor más seco, en lugar de lijar a mano. Lo hacemos con el torno, pero es lo único que hemos cambiado. No evoluciona porque es todo manual.

Los que van a tu zapatería ven tus cuadros de tu época de futbolista. ¿Qué me podés contar?

Jugué en El Linqueño. Jugaba de “11”, de wing izquierdo, pero jugué poco. Calculo que desde los 12 años hasta los 19, antes de irme al servicio. Las fotos son una de Primera División y yo estuve de suplente. Yo estaba en Tercera y pertenecía a ese plantel. Como salimos los dos campeones, tengo los dos cuadros, porque estaba en el plantel de Primera, pero estuve dos o tres partidos de suplente. Estaba en el plantel, pero no jugué. En Tercera teníamos un equipazo. Están el “Pantera” Petit, Venticinque, Postovoy, Venero, Visús, Daniel Badano, el “Puma” Parra, Walter Parra, el “Mono” Sisto (que está en las Islas Canarias), Darío Cerone… ¡Un equipazo!

¿Cómo te has llevado dentro de tu oficio con las distintas situaciones del país?

En la época de la inflación, que fue en el ’89, a mí me solucionó todos los problemas. Un día llegó a la zapatería un tal Caltana, que era electricista, y hacía departamentos y casas. Y, con mi viejo y mi hermano, ya habíamos hablado de alquilar algo para mi papá, chiquito, y me daban la casa a mí, porque yo a esta casa la había arreglado, la mantuve. La idea era que yo pagara el alquiler y que él se fuera a una casa más chica. Entonces viene Caltana una mañana, eran las 8:00, no me olvido más. Le pregunté si no tenía algún departamentito para alquilar. Y me dijo: “No. Tengo uno para vender y te lo voy a vender a vos”. Entonces le planteé: “Pero, ¿con qué te lo voy a comprar? Si yo no tengo plata”. Y me respondió: “No, no, yo te lo voy a vender a vos, porque vos me lo vas a pagar, y me queda uno solo. Tenía dieciocho y me queda uno solo. El último es para vos. Listo”. Fuimos a verlo y estaba nuevo. Y lo compré. Me dijo: “Conseguime U$S 2.000 para ahora, en la mañana, y al resto me lo pagás como vos quieras. Vamos a la escribana, me lo pagás como quieras. Yo le doy la orden de que vos, cuando tengas plata, vas a venir a pagar, y listo”. ¿De dónde sacaba los U$S 2.000? Yo tenía U$S 1.200 ahorrados. Mi suegro me prestó U$S 600 y me faltaban U$S 200. Los necesitaba a la mañana. Me fui a lo de Miguel Orol, que era tornero, y le dije: “‘Miguelito’, me tenés que dar U$S 200. Cómo, no sé, pero me tenés que prestar U$S 200. Y mirá que no tengo para devolverlo”. “Vamos a casa a buscarlos. Cuando tengas los U$S 200, me los traés”, me dijo. Y así fue que lo compré. Al primero tenía que devolver; me quedaban U$S 4.000 para devolver. En el primer mes cobré $33.000, que eran U$S 3.300 en ese tiempo. Y en un mes y medio pagué todo, con esa inflación… Ese año venían los viajantes y te dejaban la mercadería con cheques a 30, 60, 90 días. Entonces vos comprabas y, cuando se venía la inflación, había un muchacho de Junín que me decía: “César, comprá porque se viene la inflación”. Me bajó medio camión de mercadería. Con esa plata, yo pagué el departamento. Cuando a otros les iba mal, a mí me fue bien. Yo tenía mercadería que había comprado. Me acuerdo de que una media suela y taco valían en ese tiempo $18. Y yo había comprado suela por $9. Se cobraba al 100% porque tiene mucho desperdicio. Entonces valía $18, pero pasó a valer $180. Y la gente que hacía venía a la zapatería y me lo pagaba por adelantado, porque al otro día no tenía más plata. Así pude pagar todo…

¿Hay épocas en que la gente te trae más trabajo?

No. Trabajo, siempre tuve. Muchas veces tuve que poner un cartelito de “No se recibe trabajo” porque no daba abasto, lamentablemente. Somos dos con Matías y nos cuesta ponernos al día, porque se nos empieza a llenar de tal manera… Porque en verano, más o menos, lo vas piloteando. Van a tener una ojota o una alpargata; es otro calzado. Pero en invierno al frío no lo aguanta nadie. Entonces, sí o sí, no lo podés dejar descalzo. Entonces tenemos que cerrar para adelantar. Ahora, en este tiempo, se empiezan a acordar y empiezan a entrar.

¿Qué significa para vos que tu hijo siga el oficio?

Como nos llevamos con él, no, no se puede contar, porque nunca encontrás padres que se lleven tan bien en el trabajo con sus hijos. Nosotros no sabemos lo que es discutir, nada. Y, si yo no estoy, está él. Y, si él no está, estoy yo. A mí no me molesta que él tenga que hacer algo ahora, irse y yo seguir, y los dos somos por igual, gracias a Dios. A él le gusta esto y puede seguir con algo en lo que ya está plantado. En la parte de adelante del negocio, a lo mejor, puede poner algo para vender, aunque no sea del rubro nuestro. Es joven, y yo quiero seguir con esto porque es lo que me gusta, es mi oficio y lo hago con mucho gusto. Acá son todos los días lindos. Siempre le digo: “Acá no hay que venir a renegar, hay que venir a disfrutar del trabajo”. No es fácil tener mucho trabajo.

¿Cómo es la historia de tu familia y el famoso ombú del barrio Obrero?

Al ombú lo puso mi papá antes de que yo naciera. Mi papá fue el fundador del barrio. Mucha gente no sabe, pero el barrio no tenía calles, y mi papá no tenía dónde ir a vivir. Estaba en una piecita que le habían prestado y se la habían pedido. Las casas estaban hechas hacía ocho años, pero estaban abandonadas. No estaba habilitado el barrio, porque algunas no tenían luz, a otras les faltaba un montón de cosas. Y había una familia, Crous, que vivía enfrente de casa, que estaba encargada de las llaves. Papá se había hecho amigo de ellos y venía a ver la casa que ya le había tocado, pero estaba cerrada. Entonces no se podían habilitar. Y esta gente le daba la llave para que fuera acomodando. Y se puso toda la instalación de la luz. Se la hicieron los amigos para que el día en que estuviera habilitado ya se metiera. Cuando le pidieron la casa, fue a hablar con Marcelo Arabolaza, que era intendente o estaba en otro puesto, pero tenía a cargo el barrio. Era un 19 de julio, el aniversario de Lincoln. Se hacían unas fiestas grandísimas en ese tiempo, año ’59 o ’60, y le dijo: “Agarrá, no digas nada. Cuando está toda la fiesta, te metés”. Le dieron la llave y, cuando era el aniversario de Lincoln, hizo la mudanza y se metió. A los dos o tres días empezaron a venir todos los que tenían casa en el barrio y los sacaban. A mi viejo, no; se quedó. Estuvo como 60 días solo acá, hasta que habilitaron.

¿En ese entonces puso el ombú?

Sí. Él había ido a comprar una estrella federal para mi mamá. Era el aniversario de casados y le compró una planta, una estrella federal. Entonces la plantó en el frente de casa, dentro del jardín. Entonces pasó “Tucho” Bernini y le dijo: “‘Pepe’, sacá esa planta, que es un ombú. Te va a levantar la casa”. La había comprado como si fuera una estrella federal, y era un ombú. Entonces la sacó y la plantó enfrente. Y se hizo un plantón hermoso, al que tumbaron por la pavada esa de que iban a hacer del Concejo Deliberante. No tuvieron la mejor idea de querer hacerlo en el medio de la plaza, en el lugar en que luchamos para que las plazas estén limpias, para que les pongan plantas… No las cuidan, no les hacen nada bueno. Cuando vine del velorio de mi papá, al que fuimos a enterrar, el ombú estaba en el piso. El mismo día en que murió mi papá, sacaron el ombú. Cuando volvimos del cementerio, el ombú estaba en el piso. Fueron una angustia y una bronca terribles, porque no pueden hacer eso. Lo mataron, lo pichicatearon, todo para que se secara. Entonces había una familia, González, que tiene fábrica de macetas, y tenía un ombú en una maceta que no se criaba porque estaba en la maceta. Se había hecho como un bonsái. Entonces la hija de González le dijo que se había armado un revuelo con el tema del ombú y nos lo regalaron para plantar en el mismo lugar. Lo plantamos y ahí está. Lo pusimos al año de que muriera mi papá, el día de la madre, en el mismo lugar, y creció muchísimo. Ya va a hacer nueve años desde que murió papá, así que tiene ocho años el ombú.