“Cada vez valoro más el cariño y odio el desprecio, y las cuadras del carnaval están llenas de cariño”
ENTREVISTA. Graciela Dolhare es una de esas personas a las que uno puede encontrar en cualquier lado y en las actividades más inverosímiles. Juega al tenis, al pádel y al squash. Es profesora de educación física (su profesión de toda la vida) y también de folklore, tango y piano. Como si todo eso fuera poco, es una de las bailarinas más populares de Masturbanda. Además, y por las dudas, toca la guitarra en la misa. “Dios me debe haber dado una manito, porque, si no, no podría estar como estoy a los 85 años”, dijo.
¿Cómo empezó tu historia?
Soy nacida en Lincoln, todos los Dolhare somos nacidos en Lincoln. Papá, no; mamá sí era linqueña. Así que hicimos nuestra infancia, nuestra juventud y nuestra educación en la Escuela Normal. Somos seis hermanos: dos varones, dos mujeres, dos varones. Yo soy la cuarta. Todos mis hermanos fueron a Buenos Aires a estudiar (medicina, dos abogacía y dos ingeniería), y yo. Cuando terminé el secundario, lo pensé, pero no tenía la suficiente decisión y terminé la carrera (de lo cual no me arrepiento) del profesorado de Educación Física. La hice en Buenos Aires, en el instituto líder del país en ese momento (ahora hay un montón excelentes), el Instituto “Enrique Romero Brest”. Mientras yo era estudiante, se le puso ese nombre. Incluso los que éramos de afuera rendíamos un mes de examen de ingreso y éramos internos. Y los que eran de Buenos Aires acompañaban el examen de ingreso, pero cada uno volvía a su casa. Pero no nos pesaba, porque terminaban las clases y era como seguir jugando, como seguir estando en un camping. Compartíamos como lo hacíamos en el secundario. No la sufrí, sino que la disfruté. Había tenido la idea de estudiar arquitectura, pero no estaba muy segura. Yo sabía que me gustaba mucho el deporte, que me gustaba mucho correr. Y, si bien dibujaba bien en perspectiva, y eso era lo que me atrapaba para arquitectura, intenté muy poquito. Fui a hacer el curso de ingreso, pero me encontré sola y perdida. Dije: “Acá no”. Me quedé, me agarré el “bondi” y me volví, así que la deseché enseguida, y no me arrepiento. Me fue muy bien, y tuve muchos años de buena convivencia con chicas y chicos que todavía me recuerdan y con los que hay un gran cariño.
¿Cómo era ese instituto?
El edificio era lo que había sido la UES (Unión de Estudiantes Secundarios) de la época de Perón. Tenía gimnasio, pileta cerrada, pileta abierta, canchas, de todo. Y, para nosotros, había tres o cuatro dormitorios. Según el año, era en el dormitorio en el que dormías, y estabas todo el día en convivencia. Ibas a clase, volvías, te bañabas. Estábamos juntas por la noche. Si tenías que hacer algo, siempre las tenía al lado. Íbamos juntas. Si nos iban a tomar de natación, íbamos a la pileta; teníamos pileta con agua caliente. Nos permitían practicar y era fácil, pero muy exigente, física e intelectualmente. A las materias teóricas te las tomaban en serio. Por ejemplo, en anatomía fui alumna del profesor Luis Dellepiane Rawson, que era el mismo profesor de la facultad de la UBA de primer año. Él fue profesor de Alberto, mi hermano. Entonces llegó, leyó Dolhare con H y me preguntó: “¿Usted qué es de Alberto?”. Le dije que era la hermana. Entonces me replicó: “Su papá es médico. Mire que Alberto es muy buen alumno. Es monitor mío, así que usted tiene que ser muy buena alumna”. Y me hizo gustar anatomía. Yo dibujaba bien huesos, músculos y todo, me fue excelente con él y me valoró eso. Fui ayudante de él. De 900 alumnas que éramos entre todo el grupo, hay muchos esguinces. Entonces él me llamaba y me pedía las vendas, ponerlas a remojar, y él hacía la primera parte de la botita, y yo enyesaba el resto. Había días en que he enyesado a quince chicas. Tuve una gran cercanía con él; era un sabio, y a eso lo valoré mucho. Y después nos llamaban, hacíamos presentaciones; éramos un poco un circo. Una vez vinimos a Nueve de Julio a hacer gimnasia porque se inauguraba un club y veníamos a hacer el show. En esa oportunidad no podía venir ninguna profesora y, como yo era la abanderada, vino todo el colectivo lleno a cargo de mí. Casi no teníamos sábados y domingos; siempre teníamos algo. Pero íbamos con entusiasmo. Aparte, participábamos en hockey y en pelota al cesto, que eran sábados y domingos, y entonces íbamos a competir. Y hasta fui juez de cesto en Buenos Aires.
Entonces, en la carrera te fue muy bien…
Yo fui abanderada y medalla de oro, pero no es una fanfarronería. Yo le debía a mi papá, que tenía un montón de gente estudiando afuera, y sentía que debía cumplirle. Y yo no había hecho la carrera universitaria. Tenía que, por lo menos, ser buena. Y me gustaban los deportes. Estudiar, estudiaba, así que puede ser eso… Y para papá fue una satisfacción, aun cuando no fuera universitaria. Nunca me lo cobró; al contrario, lo valoró, y mucho.

¿En qué deporte te destacaste?
Andaba bien en gimnasia, aunque no era la gimnasia deportiva de ahora. A esta la incorporamos nosotros, porque yo había hecho nueve años de danza clásica. Entonces, tenía un estilo por el que en la parte de los esquemas me iba bien. Después, en pelota cesto, estuve en la selección de la provincia de Buenos Aires y he ido al nacional a Tucumán. En sóftbol y hockey hacíamos lo que podíamos. En natación me iba bien porque yo nadaba desde muy chica y manejaba bien los cuatro estilos. Fueron años de muy buena comunicación, de mucha amistad, cerquita de muchos, porque los dormitorios eran como un gimnasio de básquet. Había un montón de camas cuchetas y por la noche, antes de dormir, hacíamos guerra de almohadas, esas cosas que hacés en el momento… Y otra cosa que se hacía era que las del año superior, a las de primero, las bautizaban. Como en el ejército. Entonces, en el prebautismo, por ahí cenaban y subían. Y en la cama no tenían ninguna sábana, y estaban atadas, colgando de las ventanas. O aparecían pintarrajeadas, o cualquier cosa. Y después se hacía la fiesta del bautismo. Teníamos dentro del instituto el teatro “Gregorio de Laferrere” y había muchísima ropa de teatro. Inventábamos números en los cuales las víctimas eran las de primer año. Hasta venía el ministro de Educación, el director de Educación Física. Venían todos.
¿Cuando terminaste el profesorado, volviste a Lincoln?
Yo era muy linqueña. A mí, la directora me llamó porque estaba la posibilidad de quedarme, porque a lo mejor iba a haber una vacante en gimnasia allá. Me pidió que me quedara. Pero, entre quedarme en Buenos Aires para una posible vacante en gimnasia y volver a mi pueblo querido… ¡Ni siquiera lo pensé! Le dije que me volvía, y me volví. Y no me fue mal. Acá trabajé un tiempo en la Escuela Normal. Después, cuando me casé, mi marido no quería que trabajara porque es de esos “machirulos” que creen que tienen que mantener a la señora. Cuando se abrió la carrera de Educación Física en el Instituto “Nuestra Señora”, las monjas hicieron el proyecto y nos enteramos de afuera. Acá teníamos una Asociación, la APEF (Asociación Profesora de Educación Física), en la que estábamos todos los más veteranos y los nuevos, que éramos todos los que habíamos venido. Y nos vimos en la obligación de plantearles por qué ellos hacían el proyecto de educación física, cuando había una Asociación, y no nos comunicaban. Fuimos con unos humos bárbaros. Las monjas se reunieron, dijeron que el proyecto ya estaba, que estaba por salir, que habían pensado que los de Lincoln no teníamos nivel y que iban a traer de afuera. Que los de acá, muy pocos, iban a trabajar. Pero que de gimnasia seguro iban a traer de Buenos Aires. Nos volvimos con el rabo entre las piernas. Y ahí me llamaron a mí. Porque fueron a tocar donde a mí me habían ofrecido. Fueron al instituto que era líder del país, “Enrique Romero Brest”, y estaba hasta mi profesora de gimnasia, que me tenía mucha estima, y les preguntó: “¿No está Graciela Dolhare? Entonces, llámenla”. La monja vino como enojada con el fracaso, pero yo dije que sí y terminé los últimos trámites de organización del instituto. Por eso lo quiero tanto. Estaban Rausch, Roca, San Julián; de Pergamino, los dos. Había de Junín. Éramos muchos. Y después lo llamaron a Juan Carlos Rolla y terminamos de conformar la organización. Les dijimos que había materias en las que no se necesitaba traer al campeón mundial, ponele, de atletismo. Porque la gente que no es del palo cree que el campeón mundial es mejor profesor que el profesor. Y ahí empezamos a pensar bien y se conformó el equipo. Largamos, obviamente ad honórem, porque todavía eso necesitaba la aprobación para que apareciera legalizado. Llegamos a trabajar más de un año gratis y lo hicimos con cariño. En un momento dado, la primera promoción acababa primer año y estaba en banda. Entonces hicimos un viaje a Buenos Aires, todos, en tren, a tocar timbre. Una movilización. Nos escucharon, volvimos y después de no mucho tiempo apareció la inspección. Pero el dinero apareció al año siguiente. Abrimos segundo año, discontinuando primero, porque teníamos miedo. Entonces la carrera se iba a ir cerrando. El segundo año se hizo y, en el tercero, no abrimos segundo. Y ahí ya apareció como instituto. Entonces nos dio la pauta de que podíamos abrir primero nuevamente. Se luchó mucho.
No fueron fáciles los comienzos…
Después hubo un inconveniente con las monjas y el instituto de psicología, en el que había un psicólogo y una psicóloga que no eran de Lincoln. Y los chicos, que se suponía que había problemas de cualquier nivel, iban a parar ahí. Y estos dos dieron algunas pautas raras. A una piba de tercer año, que había llevado una radio y le habían dicho que la apagara, le dijeron que, si tenía ganas de escuchar radio, tenía que escuchar radio. A otra chica le dijeron que, si quería convivir con el novio, que lo hiciera, pero no se lo contara a los padres. Eran todas cosas que serían de avanzada… A lo mejor, ahora es normal. En ese momento no cuadraban con la época y menos, con la idiosincrasia del colegio. Entonces un día vinieron a avisarme que las monjas se habían “tomado el palo” y que se cerraba el colegio. ¡En todos los niveles había 1.800 alumnos! Entonces nos sugirieron que los del terciario (a los que yo los llamo “los titanes”)… Eran divinos todos los grupos de educación física; eran chicos dados, presentes… Estos que eran los primeros y que estaban solos. Los bautizamos nosotros porque no había nadie que los bautizara. Ellos nos acompañaron y tomamos el colegio. Salimos en La Nación, en todos los diarios importantes. Mandaron de Junín las fuerzas armadas. Estaban los camiones de asalto alrededor del colegio, que era casi toda la manzana. Era dramático. Entonces, una sola quedó, que era de Lincoln, de apellido Abaitúa. Y subió al techo y decía que, si no dejábamos el colegio, se suicidaba. Nosotros lo mandamos al “Pelado” (Mario) Ricco. Subió y sostenía a la monja. Le decía: “Tírese, nos tiramos los dos”. Fue una jornada muy larga. La noche no se acababa nunca. Y al día siguiente vino la comunicación del obispo de que se hacía cargo del obispado y seguía abierto. Entonces nos volvimos a casa muertos de miedo. Era una época en la que había otras cosas y había una ebullición. Si bien todavía no había sido el golpe, este tema, que no era una cuestión subversiva, se podía tomar de ese modo. Después, otra vez, alguien del obispado de Buenos Aires vino para ver qué hacíamos, porque el edificio era de los hermanos Capuchinos y había que comprarlo. Y vino el hermano Septimio, que era de la congregación y era abogado, hábil como él solo, y nos metió en el bolsillo a todos. Estábamos todos nosotros, el pueblo que quiso ir. El patio estaba lleno. El hermano Septimio dijo que iba a venir alguien del obispado para hacerse cargo para la rectoría. Nos envolvió, nos vendió un buzón. Lo compramos y seguimos trabajando. Si nos pagaban, bien, y, si no, nos pagaban. Hasta que apareció una mujer que había sido monja y ordenó el instituto. Todo el mundo trabajaba. Lo ordenó como colegio y siguió andando. Y nosotros, durante más de diez años, todos, hasta la portera, donamos el 10% del sueldo para comprar el edificio. Se compró lo que se pudo. Y a la parte de la capilla hubo que venderla. Eso ayudó a pagar el resto.
¿Hasta qué año estuviste dando clases en el instituto?
Hasta hace diez años, hasta el 2016. Me llamaron un viernes, así, de golpe, y me dijeron. Yo me jubilé en tiempo y forma. No había en ese momento suplente y me recontrataron. Para el contratista, es malo, porque después no me pueden echar, porque ya estoy jubilada. No me pueden pedir la jubilación.
¿Al tenis jugaste toda tu vida?
Empecé ya de adulta, porque mi hermano Alberto, Caín y todos los viejos, las viejas glorias, reactivaron las canchas del parque. Había un tipo que se llamaba Godofredo Weill, que hizo el golf y empujó el tenis. Por eso se llamaba Lawn Tenis & Golf Club, porque se le ocurrió al viejo. Eran dos canchas y eran las únicas que había, y las reactivaron Héctor Dubra, Caín, Cirielli, Remondegui, Alberto Dolhare, González. Y se jugaba. Ahí empecé, pero poco. Ya tendría, no sé, 20 años o algo más. Y había un secretario municipal que cortaba el cerco del costado. Y el cerco del costado era más para hacer contraste y ver la pelota. Le pedían que no lo cortara y lo cortaba siempre cortito. Y así nació El Talero, en la punta de la quinta del viejo de Caín. A esas canchas las dirigió Héctor Dubra y las hicieron siete: Caín, Héctor, Remondegui, “Gonzalito”, Cirielli, Alberto y no me acuerdo de quién más. Eran siete, que trabajaron como enanos. Con un elástico de cama viejo, colaban el polvo de ladrillo y se hicieron las dos primeras canchas. Así nació El Talero y ahí revivió. Empecé a ir seguido y me enseñaban, me peloteaban, me metían en la cancha. Entonces, “o te sale o te sale”. Tuvieron la escuelita. De ahí salió “Tin” Azar; de ahí salieron todos los chicos, “Juanjo” Dubra, “Pepo” Dubra, “Guille” González… Héctor Dubra los llevaba a Atoba, que inventó El Talero. Era la Asociación de Tenis del Oeste de Buenos Aires, porque todos los chicos podían competir en Buenos Aires, y estábamos tan lejos, que no competían los nuestros. Con eso cobró mucho impulso. Yo siempre le puse muchas ganas, mucha garra y muchas horas si podía. Entonces, en algún momento jugué y tuve suerte. No había el nivel que hay ahora, cuando todos los chicos fueron al profesor. Entonces yo jugaba con Gioconda (Dolhare) y era muy difícil que no fuera nuestro el campeonato. Después, con “Quela” Panizza, de once nocturnos, ganamos diez. Y así entré en el tenis. Después apareció el pádel, me invitaron y yo juego al tenis dentro de la cancha de pádel, pero siento que juego al pádel. Fui agregando deportes. Después Marcela Pinardi armó el hockey en Rivadavia, nos convocó y, si bien yo soy de El Linqueño, fui y estuve unos cuantos años. Me trataron de primera y lo pasé muy bien. Jugué muchos años más, pero llega un momento en que, cuando sos grande, no corrés tanto. Pero la pelota te pega y te duele mucho más. Ahí fue cuando, razonablemente, tuve que dejar. Ahora también juego al squash y, si hay alguno con voluntad de correr un rato, voy con César Mallaina. Entonces van apareciendo deportes. Por ejemplo, natación. Mi papá, que era médico, tenía una gran atracción por ese deporte. A eso que ahora dicen de que el es deporte de salud, él ya lo creía en 1940. Entonces, a todos nosotros nos hacían socios del Club Lincoln, que era la única pileta que había. A los dos años te recibían, y ya íbamos y teníamos profesores de natación. Eso que aprendés de chiquita, sin darte cuenta, te sale. Yo corrí mi primera carrera de natación a los 9 años y era la única nena. Eran todos varones. Estaban Luis Aued, los mellizos Elosú, Alberto Smith… Pero a esa edad no hay diferencia, porque no hay hormonas. Entonces la gané yo. Hice muchas cosas, más o menos, pero me gustan. El cuerpo me pide actividad. Entonces, hago lo que haya. Si no, salgo en bicicleta, como en la pandemia. No soy ni la mejor ni buena en ninguno; soy una del montón y hago todo lo que salga.
¿Cómo llegaste a Masturbanda?
Me invitó “Caro” (Bianchi), que fue alumna mía. Mi hijo más chico tocaba en Masturbanda y me dijo: “Si vos bailás, yo no toco”. Entonces yo no entré. Pero después, por trabajo, él no podía ir. Entonces, si él no está, yo puedo ir. Y ahí aparecí yo. Ahora, como soy tanto más grande, los chicos me miman, los grandes, los medianos, los más adultos. Todos me miman. Si digo que no voy a ir más, me dicen que me vienen a buscar. El otro día fui a Coronel Granada. “Tenés que ir”, me dicen. Te invitan tanto… Y termino yendo y lo paso muy bien; eso es lo importante. Y voy a Granada y aparecen cinco, seis, ocho ex alumnos míos, y que abrazos, besos… No bailo; me saco fotos. Y así pasa cuando voy a otro lado.
¿Antes de Masturbanda, habías participado del carnaval?
Mi nieta, que ahora tiene casi 28 años, es ingeniera química y vive en Dinamarca, la hija de mi hijo del medio, venía a pasar las vacaciones conmigo. Vivía en Buenos Aires. A ella le gustaba bailar y yo la llevaba a lo de Claudia (Giovagnola). Entonces, para carnaval, la hacía bailar. Y yo tenía miedo de que se me perdiera. Tenía 7 años. Entonces yo iba al lado llevando agua. Hasta que Claudia me dijo: “¿Por qué, en vez de llevar agua, no vas a bailar y te dejás de embromar?”. Entonces empecé a bailar con Claudia porque bailaba al lado de mi nieta.

Pero vos ya bailabas antes. Hiciste nueve años de clásico y, además, sos profesora de folklore…
Soy profesora de folclore, algo que hice después, y soy profesora de tango, algo que también hice después. Tanto tango como folclore no son reconocidos ministerialmente. Entonces yo podía dar en el profesorado porque yo a las materias didácticas las tenía y me llamaban. Pero yo me fui y no se dan más. Pero yo agrego cosas porque a mí me gusta bailar. El año pasado hice flamenco y bailé en el escenario. Quería hacer zapateo americano, pero no encontré con quién. Yo pruebo. No soy buena en ninguna, pero me divierto en todas. Entonces, esa es la razón. Después vino una disposición de que las escuelas de danzas, si no tenían banda o batucada, no podían entrar. Entonces Claudia salía solo con Las Bastoneras, que fue cuando me invitó a bailar tango, y yo iba con Leo De Francesco. Después de eso, me invitó Hugo Davín, con Acuario, para el carro musical, porque yo jugaba al pádel en su cancha. Y fui dos o tres años, y bailábamos con las mismas chicas que bailaron siempre. Ocurrió que cambió el Gobierno local y Hugo sacó el carro del carnaval. Entonces ahí me dijo Carolina (Bianchi): “No tenés dónde bailar y no le fallás a nadie, y tu hijo no está viniendo. Vení acá”. Y ahí aparecí en Masturbanda. Fui pasando por necesidad, porque se cerraban.
¿Qué ves en la gente cuando te ve pasar en el carnaval?
Alegría. Y me gritan cosas lindas. Decirme “genia”… Yo no soy genia, pero me llega. En las tribunas, en la primera se pone mi nieta, la de “Juanjo”; en la segunda, otro; en la tercera, otro; en la otra, alumnos; en la otra, los chicos de Riera, con los que yo juego al pádel. Y, cuando me vengo arrimando, ellos dicen: “Ahí viene la abuela”. Entonces la tribuna grita: “¡Abuela! ¡Abuela!”… Me llena el corazón. Y me tiran del brazo, me hacen sopa, me abrazan. Tengo fotos así, abrazados, colgados. Eso me llena el corazón de alegría, me produce placer. Y entonces, cuando salimos, me dice Carolina: “Andá de aquel lado, que la tribuna es tuya”. No, la tribuna no es mía; son mis nietos o algunos muy amigos y alumnos. A veces me gritan de todo, me ofrecen bebidas. Yo no tomo; entonces es un recorrido de alegría, color y cariño. Y a mí, el cariño… Uno se pone grande y se pone cada vez más sensible. Cada vez valoro más el cariño y odio más el desprecio. El carnaval, esas cuadras, está lleno de cariño. Este año, la última noche en que salió Masturbanda, eran los 80 años de Mónica Verna. Hizo una fiesta y me invitó. Yo no puedo decirle que no; es una demostración de cariño, de presencia. Entonces lo hablé, lo sufrí, porque era la última noche, y me lo perdí. Pero fui allá, me disfracé de fantasma con un grupo, siguió la joda allá y lo pasé muy bien. Pero las cosas, en su lugar…
¿Qué opina hoy tu hijo, el que no quería que fueras?
Ahora se acostumbraron, porque tiene tres chiquitos ya de 12, 10 y 4 años, y le dicen: “Vamos, papi, que va la abuela”. Entonces el reconocimiento de tus nietos es increíble. Y “Juanjo” tampoco era muy amante. “¿Vas a bailar?”, me preguntó. Yo le dije que sí, que iba a bailar, que el corso no es obligatorio. Que el día en que yo entro no vaya y listo. Y va y aplaude, porque está con sus amigos y todos lo felicitan. Me hacen fiesta y no le queda otro que comérsela. Entonces, superado…
¿Y con el folklore?
Fue una peña que había organizado Ernesto “Toto” Lezcano, un gran bailarín. Pero, obvio, no tiene papeles, porque no pudo estudiar. No es profesor y aparte no hubiera tenido las materias pedagógicas. Entonces “Toto”, a quien no critico, sino que valoro muchísimo, bailaba y decía “gato”, y lo bailaba. Entonces uno tenía que copiarlo y acordarse. Y vuelta entera, media vuelta, media vuelta, gira y coronación. Entonces no enseñaba; mostraba. Y lo seguíamos. Con el zapateo, yo trataba de aprender. Y aprendí muchos, pero copiando, porque él no tenía condiciones para desarmarlo fácil para que lo aprendiera. Y él llevó mucho tiempo. Incluso había hecho un pericón municipal que estaba muy bien armado, en el que estábamos bien vestidos. Éramos muchísimas parejas y salía muy bien. Los años un poco desgastan, cansan, y, pobre Lezcano, tenía un trabajo para vivir y a veces el trabajo no lo dejaba ir a la peña. Un verano se paró. Se iba a empezar y él había conseguido un trabajo más o menos estable. Entonces no podía empezar. A mí, lo único que me interesaba era que la peña siguiera. Entonces era más o menos marzo y le dije que me parecía brillante que trabajara, pero que, si no le caía mal, yo podía empezar a hacer repasar todo lo que hacíamos, como una suplente de él. “Cuando vos podés venir, y, si después el horario te da para venir siempre, seguís vos”. Me dijo que sí y yo agarré la peña. Y le agarraron celos, como de que yo me robé la peña. Nos había regalado la señora de Bracchi, que era diputada, una bandera de ceremonias toda bordada, de esas que no existen, y un grabador, porque desfilábamos también. Y a eso lo tenía la compañera de “Toto”. Un día la llamé y le pedí que me prestara el grabador, porque el que yo tenía era malo y no se escuchaba bien. Entonces me dijo: “La peña María Inmaculada está donde esté ‘Toto’ Lezcano, y ‘Toto’ Lezcano está acá, así que se queda acá”. Y se quedó con la bandera y el grabador. Yo no esperaba eso, porque yo no pensaba robar nada. Después apareció Andrés Rizzo, que me pedía, y yo hacía lo que podía, dentro de lo que yo sabía de folklore. Y, cuando Rizzo hizo un pericón que tenía dieciséis compases de zapateo, cuando ningún pericón tiene zapateo, hubo que organizarlo y buscar los zapateadores. Y se hizo. Bien o mal, pero se hizo. Cuando se incendió la Municipalidad, llevaron las cosas al lugar adonde ensayábamos, en el salón parroquial, y me dijeron que fuera a “El Trencito”. El ensayo era de noche porque la gente trabaja. En pleno invierno, frío, oscuro, una boca de lobo, ir allá, entrar… Tenía la llave, prender las luces… La verdad es que te daba miedo. Hacía un frío bárbaro, pero eso era lo de menos. Entrabas con miedo. Iban más mujeres que hombres, porque siempre pasó. Así empezaron a tener miedo y a dejar, y se disgregó. Son cosas que fueron pasando, porque el tiempo pasa, y las cosas tienen principio y tienen fin. Entonces amo la actividad física. Y, si llega la hora de bañarme, y estoy cansada y mugrienta, es el mejor baño del mundo.
¿Entonces por semana tenés muchas actividades?
Hago algo lunes y jueves, pádel doble mixto, y a veces aparece alguno más. Tenis, lo que me inviten, son dos o tres veces. Los miércoles voy con “Rocho” (Eder) y Arturo (Trono) a pelotear. Y, si hay uno más, jugamos. Y, si no, lo tomamos recreativamente. Y los martes y jueves voy a squash con César. Si un día no puedo, le digo: “Mirá, César, tengo ganas de seguir durmiendo”. Y él me dice que no me haga problemas. Soy feliz haciendo cosas y a mí la ida del instituto, que te llamen y te digan que te tenés que jubilar, hacer el telegrama… Yo podría haberme negado y hoy no existía el instituto, pero a mí me temblaban las manos. Le dije a “Paco” (Pelletay): “Acompañame, yo te lo firmo, escribí lo que quieras. Yo me voy a mi casa”. Y listo. Al principio me costó y después vi que tengo más horas libres que lleno con alguna otra cosa, y es una etapa que se cerró. Hermosa y muy extensa. Entonces, ahora yo pienso que tenía que darle un corte y me lo dieron ellos. Fenómeno; ya está. Es así. Por ejemplo, toco el piano para mí. Soy profesora de piano. Para mí, o por ahí voy a un cumpleaños de una amiga, llevo un tecladito y toco un ratito, como un regalito. O viene “Carlitos” Azcona, que toca el saxo, y algunos temas me dio, y los hacemos en piano y saxo. Nos equivocamos como cualquiera y nos gusta lo mismo. Y con la guitarra acompaño, nomás. Toco en la misa, porque a mí me han pasado muchas cosas y Dios me debe haber dado una manito, porque, si no, no podría estar a los 85 como estoy. Entonces, a la iglesia hay que respetarla y hay que ayudarlo de Diosito. Así que, bueno, mi vida es así, loca.
