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Adiós a “Toto” Valfiorani: el repaso de una vida dedicada al carnaval

Por Alexis Cuello

Néstor “Toto” Valfiorani, nacido en 1933, fue una de las figuras más influyentes en la historia del carnaval de Lincoln. Su legado se sostiene no solo por la calidad de sus obras, sino también por su rol como formador y continuador de una tradición artística que marcó generaciones. Fue discípulo directo de Enrique Urcola, con quien comenzó a vincularse en 1947, cuando con apenas 14 años asistía al Ateneo de la Juventud. Allí aprendió, junto a otros jóvenes, el arte de la cartapesta y la confección de moldes de barro.

En 1950 participó de una carroza impulsada por Urcola junto a sus alumnos, titulada “Hoy Polenta”, en la que un cocinero revolvía una gran olla mientras niños “cocineritos” interactuaban con el público. Esa experiencia lo deslumbró y lo marcó profundamente. Al año siguiente, en 1951, dio el paso definitivo y junto a sus amigos Stola, Mizuno y Sierra presentó su primera carroza, “El suero de la Juventud”, que obtuvo el primer premio. En ese motivo también participaron chicos del club CAVUL, otra de las grandes pasiones de “Toto”.

Con el correr del tiempo, sumó a su cuñado Delmar Barbero, mecánico de tractores, quien sería una pieza fundamental en su carrera. Mientras Valfiorani se destacaba en la cartapesta, Barbero aportaba su talento para los movimientos mecánicos, lo que dio origen a una dupla creativa excepcional. Muchos recuerdan a Barbero como “el mago de los movimientos”, y juntos lograron elevar el nivel artístico del carnaval.

El taller de Valfiorani y Barbero se convirtió en un verdadero semillero de carroceros. Allí convivían trabajo, aprendizaje y juego en un ambiente familiar donde crecieron generaciones enteras vinculadas con el carnaval. Participaban su hijo Marcelo, los hijos de Barbero —Jorge, Oscar y Guillermo—, Rubén Barbero junto a sus hijos Flavio y Marcos, además de Daniel Luengo, Ricardo Pivato y Alberto Díaz, entre otros. Ese espacio fue mucho más que un taller: fue un núcleo creativo donde se transmitía el oficio de manera natural.

En 1963, “Toto” ideó una carroza titulada “A todos nos gusta el queso”, con la que sorprendió a los niños que colaboraban en el taller haciéndolos parte del desfile con cabezas de ratón. Sin saberlo, muchos de ellos estaban dando su primer paso en el carnaval, en una experiencia pensada por Valfiorani como una forma lúdica de integrarlos y despertar vocaciones.

A lo largo de su trayectoria, creó, junto a su familia y equipo, obras memorables como “Domador domado”, “Planchadora al paso”, “El baterista”, “Restructuración”, “El show de Marrone” y “El gran circo”. Sin embargo, una de sus obras más destacadas en cartapesta fue “El Ranquelino”, presentada en 1975, donde recreó una locomotora con vagones inspirados en el tren de la Línea Sarmiento, logrando una de las carrozas más recordadas del carnaval linqueño.

Valfiorani desarrolló su actividad como carrocero durante más de cuatro décadas, desde 1951 hasta 1994, año en que presentó su última obra de esa etapa, “Socorro Bomberitos”. En las últimas dos décadas de producción activa trabajó en sociedad con su hijo Marcelo, quien heredó esa creatividad inagotable, consolidando la continuidad familiar en el oficio.

A comienzos de la década de 1990, con la irrupción del telgopor como nuevo material, sintió que su ciclo estaba cumplido y decidió retirarse, para vivir el carnaval desde otro lugar. Sin embargo, el destino le tenía preparada su última obra maestra.

Tras más de veinte años alejado de la construcción de carrozas, regresó con “Los Venecianos”, una obra que marcaría un antes y un después. Se trató de marionetas articuladas que no solo bailaban, sino que también interactuaban con el público, generando un impacto pocas veces visto. El proyecto fue desarrollado en secreto junto a su hijo Marcelo y un pequeño grupo de colaboradores.

“Toto” fue entrevistado en 2023 en el marco de la investigación del libro “La historia del carnaval de Lincoln” y relató con fervor el nacimiento de Los Venecianos: “Un día, mi hijo Marcelo vino y me dijo que había visto por televisión, durante un recital en México, unos muñecos bailarines. Me comentó que, si lográbamos hacer algo similar, sería un éxito en el carnaval. Empezamos a estudiarlos de a poco y nos pusimos a trabajar. Todo fue construido en absoluto secreto: solo lo sabíamos Marcelo, su esposa, mi sobrino, mi mujer y yo. En la etapa final, los vecinos ya sospechaban algo porque a las 3:00 de la madrugada nos cruzábamos con los chicos de Medina, que nos ayudaron a hacer pruebas. Necesitábamos asegurarnos de que los movimientos fueran los que buscábamos”.

La noche de la presentación quedó grabada en su memoria como un momento único: “Fue el día más emocionante de mi vida. Toda la gente se paraba para gritar y aplaudir; algunos, incluso, subían a las mesas. Yo, que hice carrozas toda mi vida, jamás viví algo así. Recorrí todo el circuito llorando de emoción”.

Hoy, con su partida, se va un creador fundamental, pero quedan su obra, su escuela y su forma de entender el carnaval. Porque “Toto” no solo hizo carrozas: formó generaciones, encendió vocaciones y convirtió un taller de barrio en una fábrica de sueños. Su legado seguirá vivo en cada estructura, en cada movimiento y en cada noche de carnaval en la que, sin saberlo, alguien vuelva a sentir la misma emoción que él sintió aquella vez recorriendo la avenida Massey entre aplausos y lágrimas.